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Cuentos

Cuentos

Assessment

Presentation

Performing Arts

11th Grade

Practice Problem

Hard

Created by

Mikhail Carbajal

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FREE Resource

8 Slides • 0 Questions

1

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.

2

Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos.

3

El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer. Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron.

4

El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

5

El Gato Biblionauta

Mikhail Carbajal

Gato negro. Solitario. Sin dueño, sin amo. Rebelde, biblionauta, viandante. Una plaquita sobre un listón que adquirió en alguna otra vida anuncia palabras que el tiempo carcomió, así, borroso, palabras imperceptibles.

Al gato negro, le gusta quedarse en las bibliotecas por la noche. Se coloca entre los estantes y con ligeros golpes retira un par de libros. Hace unos días me pareció ver que se leyó la parte alta del estante de Cultura y Hogar, y algunas revistas sobre ejercicios de meditación, pero hoy encontró algo mejor que hacer… descubrió que al leer cuentos —oh, esos paraísos de ficción— con paciencia y respirando profundo, podía ingresar a otras realidades, moverse en el espacio y tiempo y recorrer otros universos.

6

Este gato intelectual aprendió que en los libros sus limitaciones corporales no existían y por tanto podía navegar libremente entre las páginas de manera simultánea que sus ojos recorrían los renglones.

El gato estaba feliz, su nueva condición le incitaba a volver todas las noches a la biblioteca y paulatinamente fue olvidando su vida cotidiana para permanecer entre las letras. Leyendo un libro de Lewis Carroll intentó evaporarse y lo logró, luego con Kafka se imaginó a sí mismo convertido en un insecto.

No recuerdo exactamente cuándo llegó, sin embargo, me acostumbré rápido a su presencia; puntual siempre faltando un cuarto para las nueve de la noche, hora en que la biblioteca cerraba. Durante el día, fuera del recinto, el gato la pasaba tumbado en la acera con la panza hacia arriba. Los demás felinos lo invitaban a buscar comida en la basura, pero él les comentaba que ayunar agilizaba la mente y el intelecto. Lo juzgaban de loco, pero lo dejaban ser.

7

Era común que entre lecturas se encontrara viajando por los confines de Tracia, luego por ahí en la selva Maya, Comala, Macondo, Santa María, Sitakame, Yoknapatawpha y hasta Derry. Todo un explorador, mi colega noctámbulo. Se había convertido en un singular lector. A veces discutía con varios ratones de biblioteca sobre política, libertad, o la condición humana y animal. Disfrutaba con predilección leer historias fantásticas y fábulas. Pasaba horas y horas devorando libros hasta que el amanecer llegaba y el minino se marchaba quizás a dormir y soñar lo imaginado.

Estoy convencido que el gato encontró su lugar. Anoche me quedé hasta tarde en la biblioteca y lo vi entrar, le ofrecí un poco de leche sabiendo de antemano que no me la aceptaría. Me acompañó a ordenar los libros consultados y dejando todo en orden, me despedí mientras cerraba el lugar. A la mañana siguiente, lo hallé en el suelo sin un sólo fragmento de vida, solté unas lágrimas y lo sujeté entre mis brazos, luego lo recosté sobre la alfombra: sus ojitos estaban cerrados, su cuerpecillo frío, pero tenía una sonrisa de bienestar. En ese momento me imaginé que ahora estaba en un sitio mejor. Tomé del suelo el libro junto al cual murió y retiré aquel separador de estambre que el felino usaba desde hacía tiempo.

8

—¿Qué leíste, amiguito mío, para ya no querer volver a tu realidad? —me pregunté al momento en que abría el libro. Al mirar detenidamente la página mi cuerpo se estremeció, suspiré y sorprendido me di cuenta de todo… el gato se había quedado leyendo este cuento que tienes en tus manos.

CONTINUIDAD DE LOS PARQUES

Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos.

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