NEW
Font size
WorksheetsLC 2º PR UD 11
Total questions: 25
Worksheet time: 13mins
El lago de las aguas heladas
Hace muchos años, el rey Bakary, que gobernaba un país de África, decidió retirarse y anunció: –Elegiré como sucesor a la persona más fuerte y valiente del reino. Los aspirantes deberán superar una sola prueba: pasar una noche dentro de las aguas del lago. El lago tenía las aguas heladas y era, además, un lugar muy peligroso, pues allí iban a beber los animales de la selva. ¿Quién correría el riesgo de morir congelado o devorado por las fieras? En un primer momento, nadie se atrevió a intentarlo. Pero, días después, un joven llamado Dembo decidió probar suerte. Dos soldados del rey lo acompañaron hasta el lago para ser testigos de su hazaña. Cuando oscureció, Dembo se metió en el agua. Estaba tan fría que se le cortó la respiración. No obstante, aguantó. Al rato comenzó a oír los rugidos estremecedores de los leones. Era una noche estrellada y el joven contempló el cielo. De pronto distinguió una llamita que ardía en la colina de su poblado. Era la hoguera que había encendido Mariama, su madre, para que Dembo supiera que no estaba solo.
Al olfatear el humo, los animales huyeron aterrorizados. Aunque el muchacho no dejaba de tiritar, se encontró mejor al sentir el cariño materno. Y la hoguera continuó ardiendo débilmente toda la noche… Al amanecer, el valeroso Dembo salió del agua y se dirigió al palacio del rey, donde su madre lo abrazó entre lágrimas. –Muchacho, sé que has conseguido pasar la noche dentro del lago –le dijo el monarca–. Pero mis soldados han visto un fuego en la colina. Puede que esa sea la causa de que no hayas muerto de frío… –Señor, yo hice esa hoguera –intervino la madre de Dembo–. Ahora, si me lo permite, voy a preparar una sopa para mi hijo. A continuación amontonó unas ramas secas y las prendió. Después puso agua y verduras en un caldero y lo colocó muy lejos del fuego. –¿Cómo vas a cocinar la sopa si las llamas no rozan siquiera el caldero? –preguntó el rey Bakary. –Entonces, majestad, ¿cómo pudo calentar a mi hijo el fuego que ardía en la colina? –respondió Mariama. El rey comprendió que la mujer tenía razón y, con una sonrisa, añadió: –Dembo, creo que serás un buen gobernante, pues te ha educado una madre sabia. Todos aplaudieron aquellas palabras. Nadie tenía ninguna duda de que era la elección correcta.
La prueba que tenían que pasar los aspirantes a sucesor del rey era pasar la noche dentro de las aguas del lago.
La prueba que tenían que pasar los aspirantes a sucesor del rey era pasar la noche fuera de las aguas del lago.
Hace muchos años, el rey Bakary, que gobernaba un país de África, decidió retirarse y anunció: –Elegiré como sucesor a la persona más fuerte y valiente del reino. Los aspirantes deberán superar una sola prueba: pasar una noche dentro de las aguas del lago. El lago tenía las aguas heladas y era, además, un lugar muy peligroso, pues allí iban a beber los animales de la selva. ¿Quién correría el riesgo de morir congelado o devorado por las fieras? En un primer momento, nadie se atrevió a intentarlo. Pero, días después, un joven llamado Dembo decidió probar suerte. Dos soldados del rey lo acompañaron hasta el lago para ser testigos de su hazaña. Cuando oscureció, Dembo se metió en el agua. Estaba tan fría que se le cortó la respiración. No obstante, aguantó. Al rato comenzó a oír los rugidos estremecedores de los leones. Era una noche estrellada y el joven contempló el cielo. De pronto distinguió una llamita que ardía en la colina de su poblado. Era la hoguera que había encendido Mariama, su madre, para que Dembo supiera que no estaba solo.
Al olfatear el humo, los animales huyeron aterrorizados. Aunque el muchacho no dejaba de tiritar, se encontró mejor al sentir el cariño materno. Y la hoguera continuó ardiendo débilmente toda la noche… Al amanecer, el valeroso Dembo salió del agua y se dirigió al palacio del rey, donde su madre lo abrazó entre lágrimas. –Muchacho, sé que has conseguido pasar la noche dentro del lago –le dijo el monarca–. Pero mis soldados han visto un fuego en la colina. Puede que esa sea la causa de que no hayas muerto de frío… –Señor, yo hice esa hoguera –intervino la madre de Dembo–. Ahora, si me lo permite, voy a preparar una sopa para mi hijo. A continuación amontonó unas ramas secas y las prendió. Después puso agua y verduras en un caldero y lo colocó muy lejos del fuego. –¿Cómo vas a cocinar la sopa si las llamas no rozan siquiera el caldero? –preguntó el rey Bakary. –Entonces, majestad, ¿cómo pudo calentar a mi hijo el fuego que ardía en la colina? –respondió Mariama. El rey comprendió que la mujer tenía razón y, con una sonrisa, añadió: –Dembo, creo que serás un buen gobernante, pues te ha educado una madre sabia. Todos aplaudieron aquellas palabras. Nadie tenía ninguna duda de que era la elección correcta.
Hace muchos años, el rey Bakary, que gobernaba un país de África, decidió retirarse y anunció: –Elegiré como sucesor a la persona más fuerte y valiente del reino. Los aspirantes deberán superar una sola prueba: pasar una noche dentro de las aguas del lago. El lago tenía las aguas heladas y era, además, un lugar muy peligroso, pues allí iban a beber los animales de la selva. ¿Quién correría el riesgo de morir congelado o devorado por las fieras? En un primer momento, nadie se atrevió a intentarlo. Pero, días después, un joven llamado Dembo decidió probar suerte. Dos soldados del rey lo acompañaron hasta el lago para ser testigos de su hazaña. Cuando oscureció, Dembo se metió en el agua. Estaba tan fría que se le cortó la respiración. No obstante, aguantó. Al rato comenzó a oír los rugidos estremecedores de los leones. Era una noche estrellada y el joven contempló el cielo. De pronto distinguió una llamita que ardía en la colina de su poblado. Era la hoguera que había encendido Mariama, su madre, para que Dembo supiera que no estaba solo.
Al olfatear el humo, los animales huyeron aterrorizados. Aunque el muchacho no dejaba de tiritar, se encontró mejor al sentir el cariño materno. Y la hoguera continuó ardiendo débilmente toda la noche… Al amanecer, el valeroso Dembo salió del agua y se dirigió al palacio del rey, donde su madre lo abrazó entre lágrimas. –Muchacho, sé que has conseguido pasar la noche dentro del lago –le dijo el monarca–. Pero mis soldados han visto un fuego en la colina. Puede que esa sea la causa de que no hayas muerto de frío… –Señor, yo hice esa hoguera –intervino la madre de Dembo–. Ahora, si me lo permite, voy a preparar una sopa para mi hijo. A continuación amontonó unas ramas secas y las prendió. Después puso agua y verduras en un caldero y lo colocó muy lejos del fuego. –¿Cómo vas a cocinar la sopa si las llamas no rozan siquiera el caldero? –preguntó el rey Bakary. –Entonces, majestad, ¿cómo pudo calentar a mi hijo el fuego que ardía en la colina? –respondió Mariama. El rey comprendió que la mujer tenía razón y, con una sonrisa, añadió: –Dembo, creo que serás un buen gobernante, pues te ha educado una madre sabia. Todos aplaudieron aquellas palabras. Nadie tenía ninguna duda de que era la elección correcta.
Hace muchos años, el rey Bakary, que gobernaba un país de África, decidió retirarse y anunció: –Elegiré como sucesor a la persona más fuerte y valiente del reino. Los aspirantes deberán superar una sola prueba: pasar una noche dentro de las aguas del lago. El lago tenía las aguas heladas y era, además, un lugar muy peligroso, pues allí iban a beber los animales de la selva. ¿Quién correría el riesgo de morir congelado o devorado por las fieras? En un primer momento, nadie se atrevió a intentarlo. Pero, días después, un joven llamado Dembo decidió probar suerte. Dos soldados del rey lo acompañaron hasta el lago para ser testigos de su hazaña. Cuando oscureció, Dembo se metió en el agua. Estaba tan fría que se le cortó la respiración. No obstante, aguantó. Al rato comenzó a oír los rugidos estremecedores de los leones. Era una noche estrellada y el joven contempló el cielo. De pronto distinguió una llamita que ardía en la colina de su poblado. Era la hoguera que había encendido Mariama, su madre, para que Dembo supiera que no estaba solo.
Al olfatear el humo, los animales huyeron aterrorizados. Aunque el muchacho no dejaba de tiritar, se encontró mejor al sentir el cariño materno. Y la hoguera continuó ardiendo débilmente toda la noche… Al amanecer, el valeroso Dembo salió del agua y se dirigió al palacio del rey, donde su madre lo abrazó entre lágrimas. –Muchacho, sé que has conseguido pasar la noche dentro del lago –le dijo el monarca–. Pero mis soldados han visto un fuego en la colina. Puede que esa sea la causa de que no hayas muerto de frío… –Señor, yo hice esa hoguera –intervino la madre de Dembo–. Ahora, si me lo permite, voy a preparar una sopa para mi hijo. A continuación amontonó unas ramas secas y las prendió. Después puso agua y verduras en un caldero y lo colocó muy lejos del fuego. –¿Cómo vas a cocinar la sopa si las llamas no rozan siquiera el caldero? –preguntó el rey Bakary. –Entonces, majestad, ¿cómo pudo calentar a mi hijo el fuego que ardía en la colina? –respondió Mariama. El rey comprendió que la mujer tenía razón y, con una sonrisa, añadió: –Dembo, creo que serás un buen gobernante, pues te ha educado una madre sabia. Todos aplaudieron aquellas palabras. Nadie tenía ninguna duda de que era la elección correcta.
Hace muchos años, el rey Bakary, que gobernaba un país de África, decidió retirarse y anunció: –Elegiré como sucesor a la persona más fuerte y valiente del reino. Los aspirantes deberán superar una sola prueba: pasar una noche dentro de las aguas del lago. El lago tenía las aguas heladas y era, además, un lugar muy peligroso, pues allí iban a beber los animales de la selva. ¿Quién correría el riesgo de morir congelado o devorado por las fieras? En un primer momento, nadie se atrevió a intentarlo. Pero, días después, un joven llamado Dembo decidió probar suerte. Dos soldados del rey lo acompañaron hasta el lago para ser testigos de su hazaña. Cuando oscureció, Dembo se metió en el agua. Estaba tan fría que se le cortó la respiración. No obstante, aguantó. Al rato comenzó a oír los rugidos estremecedores de los leones. Era una noche estrellada y el joven contempló el cielo. De pronto distinguió una llamita que ardía en la colina de su poblado. Era la hoguera que había encendido Mariama, su madre, para que Dembo supiera que no estaba solo.
Al olfatear el humo, los animales huyeron aterrorizados. Aunque el muchacho no dejaba de tiritar, se encontró mejor al sentir el cariño materno. Y la hoguera continuó ardiendo débilmente toda la noche… Al amanecer, el valeroso Dembo salió del agua y se dirigió al palacio del rey, donde su madre lo abrazó entre lágrimas. –Muchacho, sé que has conseguido pasar la noche dentro del lago –le dijo el monarca–. Pero mis soldados han visto un fuego en la colina. Puede que esa sea la causa de que no hayas muerto de frío… –Señor, yo hice esa hoguera –intervino la madre de Dembo–. Ahora, si me lo permite, voy a preparar una sopa para mi hijo. A continuación amontonó unas ramas secas y las prendió. Después puso agua y verduras en un caldero y lo colocó muy lejos del fuego. –¿Cómo vas a cocinar la sopa si las llamas no rozan siquiera el caldero? –preguntó el rey Bakary. –Entonces, majestad, ¿cómo pudo calentar a mi hijo el fuego que ardía en la colina? –respondió Mariama. El rey comprendió que la mujer tenía razón y, con una sonrisa, añadió: –Dembo, creo que serás un buen gobernante, pues te ha educado una madre sabia. Todos aplaudieron aquellas palabras. Nadie tenía ninguna duda de que era la elección correcta.
una caracola
entre espuma y olas.
una caracola
bañadas de sal.
cuentas de coral
bañadas de sal.
cuentas de coral
entre espuma y olas.
Siempre me había parecido complicado saltar desde el trampolín. Sin embargo, una compañera me enseñó y me animó a intentarlo. Asombrosamente, lo hice bien a la primera. ¡No hay nada imposible!
Amparo trabaja en una importante empresa de bombillas. En su tiempo libre toca el tambor y el bonbo en las fiestas de cumpleaños. Y siempre le regalan gambas y bombones.
Érase una vez un país en el que nadie conocía los tambores. Un día lluvioso, unos niños estaban aburridos dentro de casa. –¡Qué rollo! –se quejó uno de ellos–. ¡No podemos salir a jugar! De repente, se puso a granizar con fuerza. Entonces, se tumbaron en silencio en el suelo de madera. No se oía nada, excepto el ruido del granizo en el exterior. La niña más pequeña del grupo empezó a dar unos golpecitos con los dedos en el suelo y, al cabo de un rato, dijo: –¡Escuchad cómo suena! ¡Igual que el granizo! ¡Probad conmigo! De inmediato, todos imitaron los golpecitos contra la madera. Cada uno a su ritmo, a distinta velocidad. ¡Les resultó divertidísimo! En cuanto paró de granizar, sacaron unos cajones a la calle y continuaron tocando aquella preciosa música. La gente, encantada, salió de sus casas y se puso a bailar. ¡Era imposible resistirse! Desde aquel día, en las fiestas, todos los vecinos danzaron al son de los cajones de madera y, poco tiempo después, de los tambores.
Érase una vez un país en el que nadie conocía los tambores. Un día lluvioso, unos niños estaban aburridos dentro de casa. –¡Qué rollo! –se quejó uno de ellos–. ¡No podemos salir a jugar! De repente, se puso a granizar con fuerza. Entonces, se tumbaron en silencio en el suelo de madera. No se oía nada, excepto el ruido del granizo en el exterior. La niña más pequeña del grupo empezó a dar unos golpecitos con los dedos en el suelo y, al cabo de un rato, dijo: –¡Escuchad cómo suena! ¡Igual que el granizo! ¡Probad conmigo! De inmediato, todos imitaron los golpecitos contra la madera. Cada uno a su ritmo, a distinta velocidad. ¡Les resultó divertidísimo! En cuanto paró de granizar, sacaron unos cajones a la calle y continuaron tocando aquella preciosa música. La gente, encantada, salió de sus casas y se puso a bailar. ¡Era imposible resistirse! Desde aquel día, en las fiestas, todos los vecinos danzaron al son de los cajones de madera y, poco tiempo después, de los tambores.
Érase una vez un país en el que nadie conocía los tambores. Un día lluvioso, unos niños estaban aburridos dentro de casa. –¡Qué rollo! –se quejó uno de ellos–. ¡No podemos salir a jugar! De repente, se puso a granizar con fuerza. Entonces, se tumbaron en silencio en el suelo de madera. No se oía nada, excepto el ruido del granizo en el exterior. La niña más pequeña del grupo empezó a dar unos golpecitos con los dedos en el suelo y, al cabo de un rato, dijo: –¡Escuchad cómo suena! ¡Igual que el granizo! ¡Probad conmigo! De inmediato, todos imitaron los golpecitos contra la madera. Cada uno a su ritmo, a distinta velocidad. ¡Les resultó divertidísimo! En cuanto paró de granizar, sacaron unos cajones a la calle y continuaron tocando aquella preciosa música. La gente, encantada, salió de sus casas y se puso a bailar. ¡Era imposible resistirse! Desde aquel día, en las fiestas, todos los vecinos danzaron al son de los cajones de madera y, poco tiempo después, de los tambores.
Érase una vez un país en el que nadie conocía los tambores. Un día lluvioso, unos niños estaban aburridos dentro de casa. –¡Qué rollo! –se quejó uno de ellos–. ¡No podemos salir a jugar! De repente, se puso a granizar con fuerza. Entonces, se tumbaron en silencio en el suelo de madera. No se oía nada, excepto el ruido del granizo en el exterior. La niña más pequeña del grupo empezó a dar unos golpecitos con los dedos en el suelo y, al cabo de un rato, dijo: –¡Escuchad cómo suena! ¡Igual que el granizo! ¡Probad conmigo! De inmediato, todos imitaron los golpecitos contra la madera. Cada uno a su ritmo, a distinta velocidad. ¡Les resultó divertidísimo! En cuanto paró de granizar, sacaron unos cajones a la calle y continuaron tocando aquella preciosa música. La gente, encantada, salió de sus casas y se puso a bailar. ¡Era imposible resistirse! Desde aquel día, en las fiestas, todos los vecinos danzaron al son de los cajones de madera y, poco tiempo después, de los tambores.
Érase una vez un país en el que nadie conocía los tambores. Un día lluvioso, unos niños estaban aburridos dentro de casa. –¡Qué rollo! –se quejó uno de ellos–. ¡No podemos salir a jugar! De repente, se puso a granizar con fuerza. Entonces, se tumbaron en silencio en el suelo de madera. No se oía nada, excepto el ruido del granizo en el exterior. La niña más pequeña del grupo empezó a dar unos golpecitos con los dedos en el suelo y, al cabo de un rato, dijo: –¡Escuchad cómo suena! ¡Igual que el granizo! ¡Probad conmigo! De inmediato, todos imitaron los golpecitos contra la madera. Cada uno a su ritmo, a distinta velocidad. ¡Les resultó divertidísimo! En cuanto paró de granizar, sacaron unos cajones a la calle y continuaron tocando aquella preciosa música. La gente, encantada, salió de sus casas y se puso a bailar. ¡Era imposible resistirse! Desde aquel día, en las fiestas, todos los vecinos danzaron al son de los cajones de madera y, poco tiempo después, de los tambores.
Ayer acompañé a mi abuelo a su casa en el campo. Sacudimos las alfombras, limpiamos e hicimos dulce de membrillo y conpota de manzana. Luego, como hacía buen tiempo, nos tumbamos en la hierba.
