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WorksheetsLengua castellana. 1º Pr. UNIDAD 10. Colegio Peñafort
Total questions: 57
Worksheet time: 29mins
La planta más hermosa
Hace mucho tiempo, en un lejano país, vivía un rey que se había cansado de estar rodeado de viejos ministros y consejeros.
–¡De nada me sirven sus opiniones! Necesito nuevas ideas. Personas jóvenes e inteligentes que me ayuden a gobernar –se decía a menudo el monarca.
Así que, un día, ordenó a sus mensajeros:
–Anunciad por todo el reino que busco jóvenes para que me aconsejen y trabajen conmigo. Los aspirantes tendrán que presentarse en palacio en el plazo de una semana y superar dos pruebas. Debe quedar claro que no podrán participar personas mayores.
El día señalado, cientos de jóvenes acudieron a la cita en los jardines del palacio. Entre ellos se encontraba una muchacha llamada Carolina.
Tras unos minutos de espera, el rey en persona salió al balcón y les dijo:
–Mañana os espero aquí a esta misma hora. Debéis venir descalzos, pero calzados.
Y sin más explicaciones, el monarca se despidió y volvió a sus aposentos. Los jóvenes, cabizbajos, se dispersaron.
Cuando Carolina llegó a casa, le contó a su abuela la complicada prueba propuesta por el rey y, en tono desesperado, exclamó:
–¡Es imposible estar calzado y descalzo a la vez, abuela!
La anciana se echó a reír e intentó tranquilizar a su nieta:
–¡Es muy fácil, hija! Ya verás...
La mujer cogió unos zapatos de Carolina, les descosió las suelas y se los dio. Cuando la joven se los puso, cumplían a la perfección las dos condiciones: por la parte superior parecían unos zapatos normales, por lo que la muchacha llevaba calzado; en cambio, las plantas de los pies iban en contacto con el suelo, como cuando se anda descalzo.
–Abuela, ¡qué ingeniosa eres! Deberías presentarte tú a la prueba...
–No. No puede ser. Ya sabes que el rey no quiere ancianos a su lado.
Al día siguiente, la muchacha acudió de nuevo a los jardines del palacio.
El monarca pasó revista a todos los candidatos: algunos iban con un solo zapato, otros con calcetines... Pero únicamente la solución de Carolina le pareció original y acertada.
El rey, después de felicitar a la joven, propuso la segunda y última prueba:
–Debéis traerme la planta que consideréis más hermosa y perfecta de la naturaleza, y tendréis que explicarme por qué la habéis elegido.
Carolina volvió a casa preocupada y le dijo a su abuela:
–Seguro que no podré superar esta prueba. Muchos de los candidatos vienen de lugares lejanos y traerán todo tipo de plantas exóticas... ¿Qué puedo llevar yo?
La abuela salió de la casa y minutos después volvió con una espiga de trigo.
–Le llevarás al rey esta espiga.
La joven la miró con extrañeza. No sabía qué tenía de especial aquella planta común e insignificante. Pero la abuela le explicó a su nieta lo que tenía que decirle al monarca.
A la mañana siguiente, tras varias horas de espera, le tocó a Carolina presentar su planta. El rey la observó desconcertado.
–¿Una espiga? ¿Esto es lo mejor que has encontrado?
La joven tomó la palabra y, muy segura, habló así:
–Majestad, para mí no hay nada más hermoso que un campo de trigo mecido por el viento. Ni nada más delicioso que el olor del pan recién hecho.
–Tienes toda la razón, muchacha. Estoy completamente de acuerdo contigo.
El monarca, con una gran sonrisa en el rostro, declaró ganadora a la joven. Luego, se dirigió a ella y le preguntó:
–Y tú, ¿cómo has llegado a ser tan sabia?
Carolina sabía que el mérito no había sido de ella, sino de su abuela, y no dudó ni un instante en contarle la verdad al rey:
–Majestad, en las dos ocasiones ha sido mi abuela la que me ha aconsejado.
El soberano se llevó una gran sorpresa, tanto por la sinceridad de la joven como por la admiración que demostraba hacia la anciana. Además, se dio cuenta de que él no había sabido valorar a las personas mayores como debía.
–Carolina, a partir de ahora trabajarás conmigo y con mis antiguos consejeros y, por favor, preséntame a tu abuela. A ella la nombraré ministra.
¿Qué quería el rey? Marca
Rodearse de jóvenes inteligentes.
Rodearse de ancianos inteligentes.
La planta más hermosa
Hace mucho tiempo, en un lejano país, vivía un rey que se había cansado de estar rodeado de viejos ministros y consejeros.
–¡De nada me sirven sus opiniones! Necesito nuevas ideas. Personas jóvenes e inteligentes que me ayuden a gobernar –se decía a menudo el monarca.
Así que, un día, ordenó a sus mensajeros:
–Anunciad por todo el reino que busco jóvenes para que me aconsejen y trabajen conmigo. Los aspirantes tendrán que presentarse en palacio en el plazo de una semana y superar dos pruebas. Debe quedar claro que no podrán participar personas mayores.
El día señalado, cientos de jóvenes acudieron a la cita en los jardines del palacio. Entre ellos se encontraba una muchacha llamada Carolina.
Tras unos minutos de espera, el rey en persona salió al balcón y les dijo:
–Mañana os espero aquí a esta misma hora. Debéis venir descalzos, pero calzados.
Y sin más explicaciones, el monarca se despidió y volvió a sus aposentos. Los jóvenes, cabizbajos, se dispersaron.
Cuando Carolina llegó a casa, le contó a su abuela la complicada prueba propuesta por el rey y, en tono desesperado, exclamó:
–¡Es imposible estar calzado y descalzo a la vez, abuela!
La anciana se echó a reír e intentó tranquilizar a su nieta:
–¡Es muy fácil, hija! Ya verás...
La mujer cogió unos zapatos de Carolina, les descosió las suelas y se los dio. Cuando la joven se los puso, cumplían a la perfección las dos condiciones: por la parte superior parecían unos zapatos normales, por lo que la muchacha llevaba calzado; en cambio, las plantas de los pies iban en contacto con el suelo, como cuando se anda descalzo.
–Abuela, ¡qué ingeniosa eres! Deberías presentarte tú a la prueba...
–No. No puede ser. Ya sabes que el rey no quiere ancianos a su lado.
Al día siguiente, la muchacha acudió de nuevo a los jardines del palacio.
El monarca pasó revista a todos los candidatos: algunos iban con un solo zapato, otros con calcetines... Pero únicamente la solución de Carolina le pareció original y acertada.
El rey, después de felicitar a la joven, propuso la segunda y última prueba:
–Debéis traerme la planta que consideréis más hermosa y perfecta de la naturaleza, y tendréis que explicarme por qué la habéis elegido.
Carolina volvió a casa preocupada y le dijo a su abuela:
–Seguro que no podré superar esta prueba. Muchos de los candidatos vienen de lugares lejanos y traerán todo tipo de plantas exóticas... ¿Qué puedo llevar yo?
La abuela salió de la casa y minutos después volvió con una espiga de trigo.
–Le llevarás al rey esta espiga.
La joven la miró con extrañeza. No sabía qué tenía de especial aquella planta común e insignificante. Pero la abuela le explicó a su nieta lo que tenía que decirle al monarca.
A la mañana siguiente, tras varias horas de espera, le tocó a Carolina presentar su planta. El rey la observó desconcertado.
–¿Una espiga? ¿Esto es lo mejor que has encontrado?
La joven tomó la palabra y, muy segura, habló así:
–Majestad, para mí no hay nada más hermoso que un campo de trigo mecido por el viento. Ni nada más delicioso que el olor del pan recién hecho.
–Tienes toda la razón, muchacha. Estoy completamente de acuerdo contigo.
El monarca, con una gran sonrisa en el rostro, declaró ganadora a la joven. Luego, se dirigió a ella y le preguntó:
–Y tú, ¿cómo has llegado a ser tan sabia?
Carolina sabía que el mérito no había sido de ella, sino de su abuela, y no dudó ni un instante en contarle la verdad al rey:
–Majestad, en las dos ocasiones ha sido mi abuela la que me ha aconsejado.
El soberano se llevó una gran sorpresa, tanto por la sinceridad de la joven como por la admiración que demostraba hacia la anciana. Además, se dio cuenta de que él no había sabido valorar a las personas mayores como debía.
–Carolina, a partir de ahora trabajarás conmigo y con mis antiguos consejeros y, por favor, preséntame a tu abuela. A ella la nombraré ministra.
Recuerda las pruebas que ideó el rey y contesta.
¿En qué consistía la primera prueba?
En ir descalzos y calzados a la vez.
Había que llevar la planta más hermosa de la naturaleza.
La planta más hermosa
Hace mucho tiempo, en un lejano país, vivía un rey que se había cansado de estar rodeado de viejos ministros y consejeros.
–¡De nada me sirven sus opiniones! Necesito nuevas ideas. Personas jóvenes e inteligentes que me ayuden a gobernar –se decía a menudo el monarca.
Así que, un día, ordenó a sus mensajeros:
–Anunciad por todo el reino que busco jóvenes para que me aconsejen y trabajen conmigo. Los aspirantes tendrán que presentarse en palacio en el plazo de una semana y superar dos pruebas. Debe quedar claro que no podrán participar personas mayores.
El día señalado, cientos de jóvenes acudieron a la cita en los jardines del palacio. Entre ellos se encontraba una muchacha llamada Carolina.
Tras unos minutos de espera, el rey en persona salió al balcón y les dijo:
–Mañana os espero aquí a esta misma hora. Debéis venir descalzos, pero calzados.
Y sin más explicaciones, el monarca se despidió y volvió a sus aposentos. Los jóvenes, cabizbajos, se dispersaron.
Cuando Carolina llegó a casa, le contó a su abuela la complicada prueba propuesta por el rey y, en tono desesperado, exclamó:
–¡Es imposible estar calzado y descalzo a la vez, abuela!
La anciana se echó a reír e intentó tranquilizar a su nieta:
–¡Es muy fácil, hija! Ya verás...
La mujer cogió unos zapatos de Carolina, les descosió las suelas y se los dio. Cuando la joven se los puso, cumplían a la perfección las dos condiciones: por la parte superior parecían unos zapatos normales, por lo que la muchacha llevaba calzado; en cambio, las plantas de los pies iban en contacto con el suelo, como cuando se anda descalzo.
–Abuela, ¡qué ingeniosa eres! Deberías presentarte tú a la prueba...
–No. No puede ser. Ya sabes que el rey no quiere ancianos a su lado.
Al día siguiente, la muchacha acudió de nuevo a los jardines del palacio.
El monarca pasó revista a todos los candidatos: algunos iban con un solo zapato, otros con calcetines... Pero únicamente la solución de Carolina le pareció original y acertada.
El rey, después de felicitar a la joven, propuso la segunda y última prueba:
–Debéis traerme la planta que consideréis más hermosa y perfecta de la naturaleza, y tendréis que explicarme por qué la habéis elegido.
Carolina volvió a casa preocupada y le dijo a su abuela:
–Seguro que no podré superar esta prueba. Muchos de los candidatos vienen de lugares lejanos y traerán todo tipo de plantas exóticas... ¿Qué puedo llevar yo?
La abuela salió de la casa y minutos después volvió con una espiga de trigo.
–Le llevarás al rey esta espiga.
La joven la miró con extrañeza. No sabía qué tenía de especial aquella planta común e insignificante. Pero la abuela le explicó a su nieta lo que tenía que decirle al monarca.
A la mañana siguiente, tras varias horas de espera, le tocó a Carolina presentar su planta. El rey la observó desconcertado.
–¿Una espiga? ¿Esto es lo mejor que has encontrado?
La joven tomó la palabra y, muy segura, habló así:
–Majestad, para mí no hay nada más hermoso que un campo de trigo mecido por el viento. Ni nada más delicioso que el olor del pan recién hecho.
–Tienes toda la razón, muchacha. Estoy completamente de acuerdo contigo.
El monarca, con una gran sonrisa en el rostro, declaró ganadora a la joven. Luego, se dirigió a ella y le preguntó:
–Y tú, ¿cómo has llegado a ser tan sabia?
Carolina sabía que el mérito no había sido de ella, sino de su abuela, y no dudó ni un instante en contarle la verdad al rey:
–Majestad, en las dos ocasiones ha sido mi abuela la que me ha aconsejado.
El soberano se llevó una gran sorpresa, tanto por la sinceridad de la joven como por la admiración que demostraba hacia la anciana. Además, se dio cuenta de que él no había sabido valorar a las personas mayores como debía.
–Carolina, a partir de ahora trabajarás conmigo y con mis antiguos consejeros y, por favor, preséntame a tu abuela. A ella la nombraré ministra.
Recuerda las pruebas que ideó el rey y contesta.
¿En qué consistía la segunda prueba?
En ir descalzos y calzados a la vez.
Había que llevar la planta más hermosa de la naturaleza.
La planta más hermosa
Hace mucho tiempo, en un lejano país, vivía un rey que se había cansado de estar rodeado de viejos ministros y consejeros.
–¡De nada me sirven sus opiniones! Necesito nuevas ideas. Personas jóvenes e inteligentes que me ayuden a gobernar –se decía a menudo el monarca.
Así que, un día, ordenó a sus mensajeros:
–Anunciad por todo el reino que busco jóvenes para que me aconsejen y trabajen conmigo. Los aspirantes tendrán que presentarse en palacio en el plazo de una semana y superar dos pruebas. Debe quedar claro que no podrán participar personas mayores.
El día señalado, cientos de jóvenes acudieron a la cita en los jardines del palacio. Entre ellos se encontraba una muchacha llamada Carolina.
Tras unos minutos de espera, el rey en persona salió al balcón y les dijo:
–Mañana os espero aquí a esta misma hora. Debéis venir descalzos, pero calzados.
Y sin más explicaciones, el monarca se despidió y volvió a sus aposentos. Los jóvenes, cabizbajos, se dispersaron.
Cuando Carolina llegó a casa, le contó a su abuela la complicada prueba propuesta por el rey y, en tono desesperado, exclamó:
–¡Es imposible estar calzado y descalzo a la vez, abuela!
La anciana se echó a reír e intentó tranquilizar a su nieta:
–¡Es muy fácil, hija! Ya verás...
La mujer cogió unos zapatos de Carolina, les descosió las suelas y se los dio. Cuando la joven se los puso, cumplían a la perfección las dos condiciones: por la parte superior parecían unos zapatos normales, por lo que la muchacha llevaba calzado; en cambio, las plantas de los pies iban en contacto con el suelo, como cuando se anda descalzo.
–Abuela, ¡qué ingeniosa eres! Deberías presentarte tú a la prueba...
–No. No puede ser. Ya sabes que el rey no quiere ancianos a su lado.
Al día siguiente, la muchacha acudió de nuevo a los jardines del palacio.
El monarca pasó revista a todos los candidatos: algunos iban con un solo zapato, otros con calcetines... Pero únicamente la solución de Carolina le pareció original y acertada.
El rey, después de felicitar a la joven, propuso la segunda y última prueba:
–Debéis traerme la planta que consideréis más hermosa y perfecta de la naturaleza, y tendréis que explicarme por qué la habéis elegido.
Carolina volvió a casa preocupada y le dijo a su abuela:
–Seguro que no podré superar esta prueba. Muchos de los candidatos vienen de lugares lejanos y traerán todo tipo de plantas exóticas... ¿Qué puedo llevar yo?
La abuela salió de la casa y minutos después volvió con una espiga de trigo.
–Le llevarás al rey esta espiga.
La joven la miró con extrañeza. No sabía qué tenía de especial aquella planta común e insignificante. Pero la abuela le explicó a su nieta lo que tenía que decirle al monarca.
A la mañana siguiente, tras varias horas de espera, le tocó a Carolina presentar su planta. El rey la observó desconcertado.
–¿Una espiga? ¿Esto es lo mejor que has encontrado?
La joven tomó la palabra y, muy segura, habló así:
–Majestad, para mí no hay nada más hermoso que un campo de trigo mecido por el viento. Ni nada más delicioso que el olor del pan recién hecho.
–Tienes toda la razón, muchacha. Estoy completamente de acuerdo contigo.
El monarca, con una gran sonrisa en el rostro, declaró ganadora a la joven. Luego, se dirigió a ella y le preguntó:
–Y tú, ¿cómo has llegado a ser tan sabia?
Carolina sabía que el mérito no había sido de ella, sino de su abuela, y no dudó ni un instante en contarle la verdad al rey:
–Majestad, en las dos ocasiones ha sido mi abuela la que me ha aconsejado.
El soberano se llevó una gran sorpresa, tanto por la sinceridad de la joven como por la admiración que demostraba hacia la anciana. Además, se dio cuenta de que él no había sabido valorar a las personas mayores como debía.
–Carolina, a partir de ahora trabajarás conmigo y con mis antiguos consejeros y, por favor, preséntame a tu abuela. A ella la nombraré ministra.
¿Qué planta llevó Carolina al rey?
Una espiga de trigo.
Un rosal.
La planta más hermosa
Hace mucho tiempo, en un lejano país, vivía un rey que se había cansado de estar rodeado de viejos ministros y consejeros.
–¡De nada me sirven sus opiniones! Necesito nuevas ideas. Personas jóvenes e inteligentes que me ayuden a gobernar –se decía a menudo el monarca.
Así que, un día, ordenó a sus mensajeros:
–Anunciad por todo el reino que busco jóvenes para que me aconsejen y trabajen conmigo. Los aspirantes tendrán que presentarse en palacio en el plazo de una semana y superar dos pruebas. Debe quedar claro que no podrán participar personas mayores.
El día señalado, cientos de jóvenes acudieron a la cita en los jardines del palacio. Entre ellos se encontraba una muchacha llamada Carolina.
Tras unos minutos de espera, el rey en persona salió al balcón y les dijo:
–Mañana os espero aquí a esta misma hora. Debéis venir descalzos, pero calzados.
Y sin más explicaciones, el monarca se despidió y volvió a sus aposentos. Los jóvenes, cabizbajos, se dispersaron.
Cuando Carolina llegó a casa, le contó a su abuela la complicada prueba propuesta por el rey y, en tono desesperado, exclamó:
–¡Es imposible estar calzado y descalzo a la vez, abuela!
La anciana se echó a reír e intentó tranquilizar a su nieta:
–¡Es muy fácil, hija! Ya verás...
La mujer cogió unos zapatos de Carolina, les descosió las suelas y se los dio. Cuando la joven se los puso, cumplían a la perfección las dos condiciones: por la parte superior parecían unos zapatos normales, por lo que la muchacha llevaba calzado; en cambio, las plantas de los pies iban en contacto con el suelo, como cuando se anda descalzo.
–Abuela, ¡qué ingeniosa eres! Deberías presentarte tú a la prueba...
–No. No puede ser. Ya sabes que el rey no quiere ancianos a su lado.
Al día siguiente, la muchacha acudió de nuevo a los jardines del palacio.
El monarca pasó revista a todos los candidatos: algunos iban con un solo zapato, otros con calcetines... Pero únicamente la solución de Carolina le pareció original y acertada.
El rey, después de felicitar a la joven, propuso la segunda y última prueba:
–Debéis traerme la planta que consideréis más hermosa y perfecta de la naturaleza, y tendréis que explicarme por qué la habéis elegido.
Carolina volvió a casa preocupada y le dijo a su abuela:
–Seguro que no podré superar esta prueba. Muchos de los candidatos vienen de lugares lejanos y traerán todo tipo de plantas exóticas... ¿Qué puedo llevar yo?
La abuela salió de la casa y minutos después volvió con una espiga de trigo.
–Le llevarás al rey esta espiga.
La joven la miró con extrañeza. No sabía qué tenía de especial aquella planta común e insignificante. Pero la abuela le explicó a su nieta lo que tenía que decirle al monarca.
A la mañana siguiente, tras varias horas de espera, le tocó a Carolina presentar su planta. El rey la observó desconcertado.
–¿Una espiga? ¿Esto es lo mejor que has encontrado?
La joven tomó la palabra y, muy segura, habló así:
–Majestad, para mí no hay nada más hermoso que un campo de trigo mecido por el viento. Ni nada más delicioso que el olor del pan recién hecho.
–Tienes toda la razón, muchacha. Estoy completamente de acuerdo contigo.
El monarca, con una gran sonrisa en el rostro, declaró ganadora a la joven. Luego, se dirigió a ella y le preguntó:
–Y tú, ¿cómo has llegado a ser tan sabia?
Carolina sabía que el mérito no había sido de ella, sino de su abuela, y no dudó ni un instante en contarle la verdad al rey:
–Majestad, en las dos ocasiones ha sido mi abuela la que me ha aconsejado.
El soberano se llevó una gran sorpresa, tanto por la sinceridad de la joven como por la admiración que demostraba hacia la anciana. Además, se dio cuenta de que él no había sabido valorar a las personas mayores como debía.
–Carolina, a partir de ahora trabajarás conmigo y con mis antiguos consejeros y, por favor, preséntame a tu abuela. A ella la nombraré ministra.
Explica qué pasó al final del cuento.
El rey nombró consejera a Carolina y ministra a su abuela.
El rey nombró consejera a la abuela y ministra a Carolina.
Un campo de trigo es un
Trigal
Maizal
Fresal
Arrozal
Un campo de maiz es un
Trigal
Maizal
Fresal
Arrozal
Un campo de fresas es un
Trigal
Maizal
Fresal
Arrozal
Un campo de arroz es un
Trigal
Maizal
Fresal
Arrozal
Los nombres de persona y de lugar se escriben con
Letra inicial mayúscula.
Letra inicial minúscula.
Un nuevo parque
Ayer, la alcaldesa Blanca Vázquez inauguró
el nuevo parque del pueblo de Alamillos. Del cuidado de las plantas se ocupará Ana Belén, una vecina de la localidad de Olmedo.
Nombres de persona
Blanca, Ana Belén.
Alamillos, Olmedo.
Un nuevo parque
Ayer, la alcaldesa Blanca Vázquez inauguró
el nuevo parque del pueblo de Alamillos. Del cuidado de las plantas se ocupará Ana Belén, una vecina de la localidad de Olmedo.
Nombres de lugar
Blanca, Ana Belén.
Alamillos, Olmedo.
Una preciosa ciudad
Mis primos Arturo, Leonor y María del Mar se han ido a vivir a Barcelona.
Texto correcto.
Texto incorrecto.
Una preciosa ciudad
Mis primos Arturo, Leonor y María del Mar se han ido a vivir a barcelona.
Texto correcto.
Texto incorrecto.
Una preciosa ciudad
Mis primos arturo, Leonor y María del Mar se han ido a vivir a Barcelona.
Texto correcto.
Texto incorrecto.
¿Qué ingredientes utilizarías para hacer una ensalada?
Aceite y sal, rodajas de tomate, taquitos de queso y lechuga.
Galletas, coco rallado, leche, mermelada de fresa y azúcar.
¿Qué ingredientes utilizarías para hacer una tarta?
Aceite y sal, rodajas de tomate, taquitos de queso y lechuga.
Galletas, coco rallado, leche, mermelada de fresa y azúcar.
Muy difícil
Patricia iba por la calle con su padre. De pronto, se fijó en un cartel.
–¿Of-tal-mó-lo-ga? –leyó con dificultad.
–Sí. Los oftalmólogos son los médicos que se ocupan de los problemas y enfermedades de los ojos. Es lo mismo que oculista.
–¡Ah, vale! ¡Qué palabra tan difícil!
–Un poco. Pero si quieres aprender una palabra dificilísima, esa es otorrinolaringólogo. Es el médico que cura los oídos, la nariz y la garganta.
–¡Uf, papá! Esa palabra la pronunciaré otro día.
El oftalmólogo se ocupa de los problemas y enfermedades de los ojos.
El oftalmólogo cura los oídos, la nariz y la garganta.
Muy difícil
Patricia iba por la calle con su padre. De pronto, se fijó en un cartel.
–¿Of-tal-mó-lo-ga? –leyó con dificultad.
–Sí. Los oftalmólogos son los médicos que se ocupan de los problemas y enfermedades de los ojos. Es lo mismo que oculista.
–¡Ah, vale! ¡Qué palabra tan difícil!
–Un poco. Pero si quieres aprender una palabra dificilísima, esa es otorrinolaringólogo. Es el médico que cura los oídos, la nariz y la garganta.
–¡Uf, papá! Esa palabra la pronunciaré otro día.
El otorrinolaringólogo se ocupa de los problemas y enfermedades de los ojos.
El otorrinolaringólogo cura los oídos, la nariz y la garganta.
La gallina
Cacarea
Aúlla
Maúlla
Rebuzna
El lobo
Cacarea
Aúlla
Maúlla
Rebuzna
El gato
Cacarea
Aúlla
Maúlla
Rebuzna
El burro
Cacarea
Aúlla
Maúlla
Rebuzna
Hace mucho tiempo, en un lejano país, vivía un rey que se había cansado de estar rodeado de viejos ministros y consejeros.
Texto correcto
Texto incorrecto
–¡De nada me sirven sus opiniones! Necesito nuebas ideas. Personas jóvenes e inteligentes que me ayuden a gobernar –se decía a menudo el monarca.
Texto correcto
Texto incorrecto
Así que, un día, ordenó a sus mensajeros:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Anunciar por todo el reino que busco jóvenes para que me aconsejen y trabajen conmigo. Los aspirantes tendrán que presentarse en palacio en el plazo de una semana y superar dos pruebas. Debe quedar claro que no podrán participar personas mayores.
Texto correcto
Texto incorrecto
El día señalado, cientos de jóvenes acudieron a la cita en los jardines del palacio. Entre ellos se encontraba una muchacha llamada Carolina.
Texto correcto
Texto incorrecto
Tras unos minutos de espera, el rei en persona salió al balcón y les dijo:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Mañana os espero aquí a esta misma hora. Debéis venir descalzos, pero calzados.
Texto correcto
Texto incorrecto
Y sin mas explicaciones, el monarca se despidió y volvió a sus aposentos. Los jóvenes, cabizbajos, se dispersaron.
Texto correcto
Texto incorrecto
Cuando Carolina llegó a casa, le contó a su abuela la complicada prueba propuesta por el rey y, en tono desesperado, exclamó:
Texto correcto
Texto incorrecto
–¡Es inposible estar calzado y descalzo a la vez, abuela!
Texto correcto
Texto incorrecto
La anciana se echó a reír e intentó tranquilizar a su nieta:
–¡Es muy fácil, hija! Ya verás...
Texto correcto
Texto incorrecto
La muger cogió unos zapatos de Carolina, les descosió las suelas y se los dio. Cuando la joven se los puso, cumplían a la perfección las dos condiciones: por la parte superior parecían unos zapatos normales, por lo que la muchacha llevaba calzado; en cambio, las plantas de los pies iban en contacto con el suelo, como cuando se anda descalzo.
Texto correcto
Texto incorrecto
–Abuela, ¡qué ingeniosa eres! Deberías presentarte tú a la prueba...
Texto correcto
Texto incorrecto
–No. No puede ser. Ya saves que el rey no quiere ancianos a su lado.
Texto correcto
Texto incorrecto
Al día siguiente, la muchacha acudió de nuevo a los jardines del palacio.
Texto correcto
Texto incorrecto
El monarca paso revista a todos los candidatos: algunos iban con un solo zapato, otros con calcetines... Pero únicamente la solución de Carolina le pareció original y acertada.
Texto correcto
Texto incorrecto
El rey, después de felicitar a la joven, propuso la segunda y última prueba:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Debeis traerme la planta que consideréis más hermosa y perfecta de la naturaleza, y tendréis que explicarme por qué la habéis elegido.
Texto correcto
Texto incorrecto
Carolina volvió a casa preocupada y le dijo a su abuela:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Seguro que no podré superar esta prueba. Muchos de los candidatos bienen de lugares lejanos y traerán todo tipo de plantas exóticas... ¿Qué puedo llevar yo?
Texto correcto
Texto incorrecto
La abuela salió de la casa y minutos después volvió con una espiga de trigo.
Texto correcto
Texto incorrecto
–Le llevaras al rey esta espiga.
Texto correcto
Texto incorrecto
La joven la miró con extrañeza. No sabía qué tenía de especial aquella planta común e insignificante. Pero la abuela le explicó a su nieta lo que tenía que decirle al monarca.
Texto correcto
Texto incorrecto
A la mañana siguiente, tras varias horas de espera, le toco a Carolina presentar su planta. El rey la observó desconcertado.
Texto correcto
Texto incorrecto
–¿Una espiga? ¿Esto es lo mejor que has encontrado?
Texto correcto
Texto incorrecto
La joven tomo la palabra y, muy segura, habló así:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Majestad, para mí no hay nada más hermoso que un campo de trigo mecido por el viento. Ni nada más delicioso que el olor del pan recién hecho.
Texto correcto
Texto incorrecto
–Tienes toda la razon, muchacha. Estoy completamente de acuerdo contigo.
Texto correcto
Texto incorrecto
El monarca, con una gran sonrisa en el rostro, declaró ganadora a la joven. Luego, se dirigió a ella y le preguntó:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Y tu, ¿cómo has llegado a ser tan sabia?
Texto correcto
Texto incorrecto
Carolina sabía que el mérito no había sido de ella, sino de su abuela, y no dudó ni un instante en contarle la verdad al rey:
Texto correcto
Texto incorrecto
–Majestad, en las dos ocasiones ha sido mi avuela la que me ha aconsejado.
Texto correcto
Texto incorrecto
El soberano se llevó una gran sorpresa, tanto por la sinceridad de la joven como por la admiración que demostraba hacia la anciana. Además, se dio cuenta de que él no había sabido valorar a las personas mayores como debía.
Texto correcto
Texto incorrecto
–Carolina, a partir de aora trabajarás conmigo y con mis antiguos consejeros y, por favor, preséntame a tu abuela. A ella la nombraré ministra.
Texto correcto
Texto incorrecto
