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WorksheetsLECTURA CRÍTICA. Noche de martes
Total questions: 7
Worksheet time: 35mins
Responde las preguntas según la siguiente información
ES NOCHE DE MARTES
Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora –mucha confianza y años juntos- solo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placeres es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada.
Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches. También soy la encargada de la sección “comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesa lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas –el orden, la comida caliente, una casa agradable- tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero pensar que son síntomas –visibles- de mi educación de buen partido: prolija, limpia, ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol.
Tomado de: Leila Guerrero, (2009). “Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas”,
en Frutos extraños, Bogotá, Aguilar. pp.330-331
1.En la frase “…el pálido desierto de la mesa lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio”, la autora usa las expresiones subrayadas para
justificar el poco esfuerzo de Diego en la cocina.
ilustrar el buen trabajo de Diego en la cocina.
resaltar el poco esfuerzo de Diego en la cocina.
explicar el por qué Diego no se esforzó en la cocina.
Responde las preguntas según la siguiente información
ES NOCHE DE MARTES
Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora –mucha confianza y años juntos- solo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placeres es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada.
Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches. También soy la encargada de la sección “comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesa lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas –el orden, la comida caliente, una casa agradable- tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero pensar que son síntomas –visibles- de mi educación de buen partido: prolija, limpia, ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol.
Tomado de: Leila Guerrero, (2009). “Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas”,
en Frutos extraños, Bogotá, Aguilar. pp.330-331.
2. En la parte final del texto, la narradora concluye que
las labores del hogar están asociadas a la educación y no a las diferencias de género.
las diferencias de género han sido suprimidas con el tiempo.
el orden, la cocina y la limpieza son propias de la sensibilidad femenina.
el papel de la mujer no ha cambiado con los años.
Responde según el siguiente texto
ES NOCHE DE MARTES
Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora –mucha confianza y años juntos- solo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placeres es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada.
Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches. También soy la encargada de la sección “comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesa lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas –el orden, la comida caliente, una casa agradable- tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero pensar que son síntomas –visibles- de mi educación de buen partido: prolija, limpia, ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol.
Tomado de: Leila Guerrero, (2009). “Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas”,
en Frutos extraños, Bogotá, Aguilar. pp.330-331.
3.La narradora finge enojarse cuando Diego le dice que es una buena ama de casa porque
no le gusta que la comparen con su mamá.
no siente afecto por las mujeres que son amas de casa.
no quiere ser catalogada como ama de casa.
no es cierto que sea una buena ama de casa.
Responde según el siguiente texto
ES NOCHE DE MARTES
Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora –mucha confianza y años juntos- solo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placeres es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada.
Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches. También soy la encargada de la sección “comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesa lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas –el orden, la comida caliente, una casa agradable- tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero pensar que son síntomas –visibles- de mi educación de buen partido: prolija, limpia, ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol.
Tomado de: Leila Guerrero, (2009). “Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas”,
en Frutos extraños, Bogotá, Aguilar. pp.330-331.
4.En el texto se muestra a Diego como un hombre
serio y machista
comprensivo y negligente.
emocional y desinteresado.
cariñoso y humanitario.
Responde según el siguiente texto
ES NOCHE DE MARTES
Diego lava lechuga. Yo corto cebollas, pico tomates, controlo una salsa. Abrimos un vino. Después de comer, cruza sus cubiertos y me dice que qué bien cocino. Que soy rebuena ama de casa. Ahora –mucha confianza y años juntos- solo finjo que me enojo y él, que me conoce, finge que se sorprende con mi ceño fruncido. Sabe que me gusta cocinar y tener la casa ordenada, pero sabe, también, que imagino el infierno bajo la forma de las tareas del hogar como ocupación obligatoria y excluyente. Tenemos cuentas separadas, casa compartida y responsabilidades iguales. En fin: casi. Porque si bien no hay nada que sea tarea exclusiva de Diego, sacar la ropa del tendedero y guardarla en los placeres es una de esas cosas que “si-no-las-hago-yo-no-las-hace-nadie”. A Diego, simplemente, no le importa ver la ropa colgada durante meses, y yo prefiero que las medias y los calzones no me arruinen la vista del balcón, de modo que una vez por semana me transformo en mi mamá, que volvía del fondo con una parva de sábanas oliendo a sol, y junto la ropa recién lavada.
Cada tanto me canso y revoleo mi derecho a la igualdad, entonces Diego dice con ternura “Sí, gordita, tenés razón”, dobla un par de remeras y a la semana otra vez: ahí voy yo, juntando broches. También soy la encargada de la sección “comidas difíciles” (Diego es del Club del Bifecito a la Plancha, si le toca cocinar). Si llego tarde a casa, sobre el pálido desierto de la mesa lucirá, con suerte, el laguito rojo de un tomate cortado al medio. Si es Diego el que llega tarde, de guacamole para arriba habrá de todo. Antes pensaba que estas cosas –el orden, la comida caliente, una casa agradable- tenían que ver con cierta sensibilidad femenina en la que, por cierto, me cuesta creer: tengo amigos varones que viven solos y sus casas son tan agradables como la mía y cocinan mejor que yo. Prefiero pensar que son síntomas –visibles- de mi educación de buen partido: prolija, limpia, ordenada. Cosas que aprendí de mi madre: perfumar la casa con cascarita de naranja, sacar las frazadas al sol.
Tomado de: Leila Guerrero, (2009). “Me gusta ser mujer… y odio a las histéricas”,
en Frutos extraños, Bogotá, Aguilar. pp.330-331.
5.Las dos primeras frases del texto introducen el conflicto, pues señalan
la complementariedad entre los géneros.
las malas intenciones de los miembros del hogar.
un desbalance en las labores del hogar.
un problema fundamental de las parejas.
Responde según la siguiente imágen
¿Cuál de los siguientes enunciados describe mejor la caricatura?
El pueblo hace justicia por su propia mano.
El linchamiento de un ángel.
Entrevista con el asesino.
Un ángel bajó del cielo.
Considere la siguiente afirmación: “Si un conjunto de individuos comparte un conjunto de características-como una historia y herencia, las mismas costumbres y lenguaje, o estilos de vida similares-, entonces ese conjunto de individuos forma una nación”. De este enunciado se puede inferir que
la nación es un concepto obsoleto y arbitrario
la nación es solo el resultado de una historia compartida.
todas las naciones cuentan con lenguajes y costumbres distintos.
todos los individuos que con una historia similar debe formar parte de la misma nación
