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II PERIODO 6°

Total questions: 9

Worksheet time: 7mins

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1.

En la oración:

"José, Miguel y Sofia salieron a cine el viernes"


La palabra subrayada cumple la función de:

a)

sustantivo

b)

adjetivo

c)

verbo

d)

determinante

2.

En la oración:

"Ayer, María y Juan estuvieron practicando fútbol en el estadio"

Las palabras que cumplen la función de sustantivo son:

a)

María, Juan, futbol, estadio.

b)

María, Juan, practicando, ayer.

c)

María, Juan, estadio, y.

3.

Lee el siguiente texto y responde:


Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:


- ¿En qué puedo servirle, señor?

- Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.

- Cómo no, señor. Veamos: el número que busca debe ser... el cuarenta y uno. ¿Verdad?

- No. Quiero un treinta y nueve, por favor.

- Disculpe, señor. Hace veinte años que trabajo en esto y su número debe ser un cuarenta y uno. Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.

- Un treinta y nueve, por favor.

- Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?

- Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.


El vendedor saca del cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir pies y, con satisfacción, proclama «¿Lo ve? Lo que yo decía: ¡un cuarenta y uno!».


- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?

- Usted.

- Bien. Entonces, ¿me trae un treinta y nueve?


El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos del número treinta y nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre: los zapatos no son para el hombre, sino que seguramente son para hacer un regalo.


- Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.

- ¿Me da un calzador?

- ¿Se los va a poner?

- Sí, claro.

- ¿Son para usted?

- ¡Sí! ¿Me trae un calzador?


El calzador es imprescindible para conseguir que ese pie entre en ese zapato. Después de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato.


Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos sobre la alfombra, con creciente dificultad.


- Está bien. Me los llevo.


Al vendedor le duelen sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados dentro de los zapatos del treinta y nueve.


- ¿Se los envuelvo?

- No, gracias. Me los llevo puestos.


El cliente sale de la tienda y camina, como puede, las tres manzanas que le separan de su trabajo. Trabaja como cajero en un banco.


A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie dentro de esos zapatos, su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen copiosamente de sus ojos.


Su compañero de la caja de al lado lo ha estado observando toda la tarde y está preocupado por él.


- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

- No. Son los zapatos.

- ¿Qué les pasa a los zapatos?

- Me aprietan.

- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?

- No. Son dos números más pequeños que mi pie.

- ¿De quién son?

- Míos.

- No te entiendo. ¿No te duelen los pies?

- Me están matando, los pies.

- ¿Y entonces?

- Te explico -dice, tragando saliva-. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En realidad, en los últimos tiempos, tengo muy pocos momentos agradables.

- ¿Y?

- Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto... Pero, dentro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré? ¡Qué placer, tío! ¡Qué placer!


En la oración subrayada, los verbos son:

a)

cliente, manzanas

b)

sale, puede

c)

sale, camina

d)

tienda, el

4.

Lee el siguiente texto y responde:


Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:


- ¿En qué puedo servirle, señor?

- Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.

- Cómo no, señor. Veamos: el número que busca debe ser... el cuarenta y uno. ¿Verdad?

- No. Quiero un treinta y nueve, por favor.

- Disculpe, señor. Hace veinte años que trabajo en esto y su número debe ser un cuarenta y uno. Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.

- Un treinta y nueve, por favor.

- Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?

- Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.


El vendedor saca del cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir pies y, con satisfacción, proclama «¿Lo ve? Lo que yo decía: ¡un cuarenta y uno!».


- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?

- Usted.

- Bien. Entonces, ¿me trae un treinta y nueve?


El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos del número treinta y nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre: los zapatos no son para el hombre, sino que seguramente son para hacer un regalo.


- Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.

- ¿Me da un calzador?

- ¿Se los va a poner?

- Sí, claro.

- ¿Son para usted?

- ¡Sí! ¿Me trae un calzador?


El calzador es imprescindible para conseguir que ese pie entre en ese zapato. Después de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato.


Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos sobre la alfombra, con creciente dificultad.


- Está bien. Me los llevo.


Al vendedor le duelen sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados dentro de los zapatos del treinta y nueve.


- ¿Se los envuelvo?

- No, gracias. Me los llevo puestos.


El cliente sale de la tienda y camina, como puede, las tres manzanas que le separan de su trabajo. Trabaja como cajero en un banco.


A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie dentro de esos zapatos, su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen copiosamente de sus ojos.


Su compañero de la caja de al lado lo ha estado observando toda la tarde y está preocupado por él.


- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

- No. Son los zapatos.

- ¿Qué les pasa a los zapatos?

- Me aprietan.

- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?

- No. Son dos números más pequeños que mi pie.

- ¿De quién son?

- Míos.

- No te entiendo. ¿No te duelen los pies?

- Me están matando, los pies.

- ¿Y entonces?

- Te explico -dice, tragando saliva-. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En realidad, en los últimos tiempos, tengo muy pocos momentos agradables.

- ¿Y?

- Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto... Pero, dentro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré? ¡Qué placer, tío! ¡Qué placer!


En la oración subrayada el adjetivo es:

a)

zapatos

b)

quisiera

c)

negros

d)

escaparate.

5.

Un hombre entra en una zapatería, y un amable vendedor se le acerca:


- ¿En qué puedo servirle, señor?

- Quisiera un par de zapatos negros como los del escaparate.

- Cómo no, señor. Veamos: el número que busca debe ser... el cuarenta y uno. ¿Verdad?

- No. Quiero un treinta y nueve, por favor.

- Disculpe, señor. Hace veinte años que trabajo en esto y su número debe ser un cuarenta y uno. Quizás un cuarenta, pero no un treinta y nueve.

- Un treinta y nueve, por favor.

- Disculpe, ¿me permite que le mida el pie?

- Mida lo que quiera, pero yo quiero un par de zapatos del treinta y nueve.


El vendedor saca del cajón ese extraño aparato que usan los vendedores de zapatos para medir pies y, con satisfacción, proclama «¿Lo ve? Lo que yo decía: ¡un cuarenta y uno!».


- Dígame: ¿quién va a pagar los zapatos, usted o yo?

- Usted.

- Bien. Entonces, ¿me trae un treinta y nueve?


El vendedor, entre resignado y sorprendido, va a buscar el par de zapatos del número treinta y nueve. Por el camino se da cuenta de lo que ocurre: los zapatos no son para el hombre, sino que seguramente son para hacer un regalo.


- Señor, aquí los tiene: del treinta y nueve, y negros.

- ¿Me da un calzador?

- ¿Se los va a poner?

- Sí, claro.

- ¿Son para usted?

- ¡Sí! ¿Me trae un calzador?


El calzador es imprescindible para conseguir que ese pie entre en ese zapato. Después de varios intentos y de ridículas posiciones, el cliente consigue meter todo el pie dentro del zapato.


Entre ayes y gruñidos camina algunos pasos sobre la alfombra, con creciente dificultad.


- Está bien. Me los llevo.


Al vendedor le duelen sus propios pies sólo de imaginar los dedos del cliente aplastados dentro de los zapatos del treinta y nueve.


- ¿Se los envuelvo?

- No, gracias. Me los llevo puestos.


El cliente sale de la tienda y camina, como puede, las tres manzanas que le separan de su trabajo. Trabaja como cajero en un banco.


A las cuatro de la tarde, después de haber pasado más de seis horas de pie dentro de esos zapatos, su cara está desencajada, tiene los ojos enrojecidos y las lágrimas caen copiosamente de sus ojos.


Su compañero de la caja de al lado lo ha estado observando toda la tarde y está preocupado por él.


- ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras mal?

- No. Son los zapatos.

- ¿Qué les pasa a los zapatos?

- Me aprietan.

- ¿Qué les ha pasado? ¿Se han mojado?

- No. Son dos números más pequeños que mi pie.

- ¿De quién son?

- Míos.

- No te entiendo. ¿No te duelen los pies?

- Me están matando, los pies.

- ¿Y entonces?

- Te explico -dice, tragando saliva-. Yo no vivo una vida de grandes satisfacciones. En realidad, en los últimos tiempos, tengo muy pocos momentos agradables.

- ¿Y?

- Me estoy matando con estos zapatos. Sufro terriblemente, es cierto... Pero, dentro de unas horas, cuando llegue a mi casa y me los quite, ¿imaginas el placer que sentiré? ¡Qué placer, tío! ¡Qué placer!


En el texto la palabra subrayada: "vendedor" puede ser reemplazada por:

a)

cliente

b)

consumidor

c)

comerciante

6.

Balón, papá, Aragón, París, café.


El anterior grupo de palabras corresponde a palabras:

a)

esdrújulas

b)

graves

c)

agudas

7.

Las palabras hallaca, tamal, pastel de maíz, bollo, nacatamal y humita pertenecen a un mismo:

a)

campo léxico, porque pertenecen a una misma categoría gramatical.

b)

campo semántico, porque conforma un grupo de palabras que comparten uno o varios rasgos en su significado.

c)

campo léxico, porque conforma un grupo de palabras que comparten uno o varios rasgos en su significado.

d)

campo semántico, porque pertenecen a una misma categoría gramatical.

8.

Su nombre es Dulcinea; [...] su hermosura, sobrehumana, [...] sus cabellos son oro, su frente campos elíseos, sus cejas arcos del cielo, sus ojos soles, sus mejillas rosas, sus labios corales, perlas sus dientes, alabastro su cuello, mármol su pecho, marfil sus manos, su blancura nieve... Miguel de Cervantes "El Quijote"


El texto anterior corresponde a una descripción:

a)

Prosopografía

b)

Etopeya

c)

Retrato

9.

Don Gumersindo [...] era afable [...] servicial. Compasivo [...] y se desvivía por complacer y ser útil a todo el mundo.. aunque costase trabajos, desvelos, fatiga, con tal que no le costase un real [...] Alegre y amigo de chanzas y burlas [...] y las regocijaba con la amenidad de su trato [...] y con su discreta, aunque poco ática...conversación [...] Nunca había tenido inclinación alguna amorosa a una mujer determinada [...] pero inocentemente, sin malicia, gustaba de todas, y era el viejo más amigo de requebrar a las muchachas...(Pepita Jimenez), Juan Valera


El texto anterior realiza una descripción por:

a)

Etopeya

b)

Prosopografía

c)

Retrato