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Prueba Objetiva

Total questions: 20

Worksheet time: 13mins

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1.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 1 A LA 10 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

Cide Hamete Benenheli era:

a)

Un árabe loco que se encuentra a Don Quijote en una venta

b)

El nombre del ventero que ordena a Don Quijote como caballero de la Triste Figura

c)

El verdadero autor de Don Quijote de la Mancha

d)

El verdadero nombre de Miguel de Cervantes Saavedra

2.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

Cuando el autor nos dice: "esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse", quiere decir:

a)

La novela es un galimatías de sensaciones, palabras, sentidos y relaciones.

b)

La novela está basada en un juego de lenguajes, a los que los lectores promedio no pueden acceder.

c)

La novela se modifica cada vez que se lee.

d)

La novela de Cervantes tiene un juego de autores, con los que se interactúa para hacerla verosímil.

3.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

Según el texto podemos decir que la novela de caballería es la precursora de:

a)

La parodia en la literatura y otros géneros de orden recreativo

b)

La parodia en un sentido moderno y el melodrama literario.

c)

La parodia moderna, como sentido de hacer sufrir con las obras.

d)

La novela de aventuras y el retorno a las obras clásicas.

4.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Para los siglos XVI y XVII la figura del artista se complejiza, empieza a figurar por:

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

Según el texto podemos decir que la novela de caballería es la precursora de:

a)

Figurar, representar, puesto que el arte ha perdido su sentido religioso

b)

Representar las batallas y los anhelos de aquel tiempo.

c)

Distraer a las personas que viven en la opulencia y el ocio

d)

Distraer, figurar y representar a las personas alejadas de Dios.

5.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

En la ciudad de Toledo, el rey Alfonso X fundó la principal escuela de traducción y se la dio a:

a)

Los árabes porque eran reconocidos por su gran destreza con las letras.

b)

Los judíos porque eran los más versados en la letra escrita

c)

    Los musulmanes porque manejaban los recursos económicos

d)

A los cristianos porque el rey Alfonso era un gran católico.

6.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

En la frase:” mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante el melinfluo velo del amanecer”, la palabra subrayada significa:

a)

Delicado velo de las damas medievales      

b)

De trato correcto del lenguaje

c)

Dulce, suave, delicado en el trato y manera de hablar

d)

Melindroso, caprichoso, insolente.

7.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

Según el texto un caballero andante es:

a)

Un caballero que se dedica a andar por el mundo

b)

De trato correcto del lenguaje

c)

Un caballero valiente que se dedica a matar dragones

d)

Un caballero de una orden importante, a la cual perteneció Don Quijote 

8.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

¿Qué les hace prometer a las damas del carruaje a cambio de no matar a su escudero?

a)

Que le entreguen una camisa, una bolsa de monedas y viandas.  

b)

Que nunca más vuelvan a andar con gente de esa calaña

c)

 Que él vencido va a contar esa hazaña a Dulcinea del Toboso

d)

Que todo ha sido producto de los encantadores

9.

LA PARODIA, EL MELODRAMA, DON QUIJOTE, (UN INFANTE EN EL INFIERNO) EN EL CAMPO DE MONTIEL POR JULIO PINO MIYAR

"¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, de esta manera?: »Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos, y apenas los pequeños y pintados pajarillos con sus harpadas lenguas habían saludado con dulce y meliflua armonía la venida de la rosada aurora, que, dejando la blanda cama del celoso marido, por las puertas y balcones del manchego horizonte a los mortales se mostraba, cuando el famoso caballero don Quijote de la Mancha, dejando las ociosas plumas, subió sobre su famoso caballo Rocinante; y comenzó a caminar por el antiguo y conocido campo de Montiel». Y era la verdad que por él caminaba.” (…)

Fue el científico naturalista y matemático francés del siglo XVIII Georges-Louis Leclerc, conde de Buffon, quien escribió esta célebre frase: “El estilo es el hombre”.

Pero ¿Cuál es aquí el estilo de don Miguel de Cervantes? Nos encontramos en el párrafo anterior ante dos (incluso tres) diferentes estilos: el del personaje don Quijote, el de don Quijote que con acento engolado quiere imitar al “sabio” que sobre sus hechos “escribiere” “Sabio” que no aparecerá, como narrador de la historia propuesto por la pluma de Cervantes, hasta el Capítulo IX que es donde empieza la segunda parte de la obra. “Ese sabio” mencionado bien pudiera ser el señor Hamete Benengeli quien redactara, según el gran ironista que fue Cervantes, gran parte del Quijote en árabe y que sería traducido a petición personal para que pudiese ser leído, cotejado y ampliado en castellano. Es decir, esa novela es, borgianamente hablando, como un jardín cuyos senderos no tardan en bifurcarse. Cervantes pretende reservar su único comentario para la última oración del párrafo citado. Oración concisa y sintética que ajusta a don Quijote, a sus expresiones altisonantes y melifluas, la misma mención que el caballero hiciera sobre un autor que debería disponerse a narrar su “famosa y verídica” historia, dentro de los exactos horizontes que se ciernen sobre el “antiguo y conocido” campo de Montiel: “Y era la verdad que por él caminaba”.

Nos afirma el narrador de la novela que el manuscrito original fue hallado en la ciudad de Toledo, que de manos árabes pasó a un judío hasta terminar en las manos cristianas de Cervantes. El recorrido, en este caso alegórico, del texto parece repetir el proceso histórico de la cultura en la Baja Edad Media. Un extenso proceso de transliteración de un texto original, fundado en nuevas interpolaciones, abundante en comentarios y la consecuente traducción. El rey Alfonso X fundó en el siglo XIII, en la misma ciudad de Toledo, la principal escuela de traductores de Occidente y entregó la dirección de esa escuela a judíos, que eran los hombres más versados de la época en los problemas que le plantea a la cultura, a la filosofía y la religión, la letra escrita.

Cervantes le sugiere paródicamente al lector de su escritura que su conformación básica guarda una estrecha similitud con el modo en que secularmente se construían los textos. Los textos de Aristóteles (es un ejemplo) “príncipe de la escolástica”, originalmente escritos en griego, fueron posteriormente vertidos al árabe y estuvieron al cuidado de comentaristas, llenos de interpolaciones islámicas, hasta que fueran de nuevo vertidos a un idioma occidental, probablemente por judíos, a lo largo de un período que duró siglos.

Cervantes, nacido en el siglo XVI, se enfrenta, por tanto, a una compleja realidad cultural constituida por las leyes de composición literaria determinadas por el ejercicio secular de la trascripción. Las novelas de caballería, aunque pretendiendo ser sólo un género de solaz y esparcimiento, seguían abiertamente paradigmas literarios, en su composición y expresión, desde los cuales se remeda a Homero, Virgilio (expresiones como “el rubicundo Apolo”, “la rozada aurora”; o el personaje que viene a narrar una historia fundamental dentro de la propia trama). Pero termina deviniendo la trascripción original, el antiguo texto clásico, en parodia, la interpolación y los comentarios en texto autónomo y la tragedia en drama melifluo. Y así como el arte y la trova provenzal son tatarabuelos o choznos del género romántico, la novela de caballería fue la madre espiritual de la parodia en su sentido moderno, el melodrama y el espacio de recreación literaria puramente representativo. Y eso ocurre porque la literatura, una vez que se vio liberada de las ataduras de la tradición, transformó la antigua representación simbólica, esencialmente religiosa, sacramental, la fábula moral, en escritura profana que buscaba constituirse desde un espacio eminentemente ficticio, ilusorio, completamente re-creado, cada vez menos implicado con los problemas que planteó, con su existencia, la literatura de Occidente en su doble versión, clásica (Homero, Virgilio, Dante…) y sagrada (La Biblia, Santo Tomás…).

El fin de lo clásico trae consigo aparejado el nacimiento inevitable de lo moderno, la llegada del reino de la parodia y la muerte de la tragedia. El fin de lo sagrado trae consigo, por su parte, la muerte del creyente religioso, el fin de la devoción a las escrituras y el nacimiento prosaico del lector moderno. Nace de esta manera el arte profano como entretenimiento, la filosofía como distracción mientras el conocimiento se cotiza y la escritura deviene en retablo decorado, ameno oropel donde el drama templado sustituye a la tragedia destemplada, entre tanto el melodrama acecha en los viejos entresijos del dolor humano que un falsario nos dice representar, poniéndose en entredicho la existencia misma. El misterio de la pasión se convierte en un hecho del todo ajeno a la escritura. Y las gentes cultas de los siglos XVI y XVII gustan de imitar sin rubor (o con él) la pasión y la expresión fingidas de los grandes personajes de los libros de caballería; la vida así concebida imita al arte; el tiempo humano a la novela de entretenimiento; ha nacido con ello el melodrama, hermano menor de la parodia, y la literatura ya no es sólo profana, sino que la vida ha perdido su antiguo y natural contacto con lo sagrado. Ya nada tiene sentido, el arte pierde su origen religioso, la existencia su ser y el artista cumplirá desde ahora la función que en el gran Guiñol cumplía el muñeco polichinela: figurar, representar y distraer.

La época se resuelve entonces entre una Europa, y una España, que se resisten a olvidar el viejo peregrinar religioso a Santiago de Compostela, y unas naves que regresan de El Nuevo Mundo cargadas de oro y plata para engrosar los cofres de la acumulación capitalista originaria.

Ese era el aciago panorama que dominaba a las letras y a la vida en la hora vespertina en que Don Quijote salió a cabalgar en Rocinante por el campo de Montiel, iluminado por los rayos del rubicundo Apolo, mientras los rosados dedos de la aurora terminaban de descorrer ante él el melifluo velo del amanecer

La frase:” De cuyo nombre no quiero acordarme” es de orden:

a)

Imperativa  

b)

Exclamativa

c)

 Dubitativa

d)

Desiderativa.

10.

Escriba el significado de la palabra ESCOLÁSTICA

4 lines
11.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

Del texto anterior, el autor hace una reflexión sobre:

  

a)

La mala ortografía de su hija

b)

La ortografía propuesta por Gabo y Vallejo

c)

La mala ortografía de los maestros

d)

La ortografía y su importancia

12.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

Se puede deducir que la columna anterior es de tipo:     

  

a)

Argumentativa

b)

Propositiva

c)

Informativa

d)

Descriptiva

13.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

En la oración “Pero adoro a mi bestia ortográfica” se puede inferir que el autor toma una actitud de:

a)

Burla, ya que es consciente de la mala ortografía de su hija

b)

Lástima, ya que su hija es un caso perdido en cuestiones ortográficas

c)

Sarcasmo, porque sabe que el amor por su hija no elude su mala ortografía

d)

Rabia, porque su hija tiene pésima ortografía.

14.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

De acuerdo con las temáticas abordadas en el texto, su orden puede ser:

a)

Mala ortografía de la hija, propuesta de abolición ortográfica por Gabo, propuesta ortográfica de Vallejo Rendón, opinión de Vélez, comparación de la ortografía española frente a otros idiomas y conclusión del autor.

b)

Propuesta de abolición ortográfica por Gabo, mala ortografía de la hija, comparación de la ortografía española frente a otros idiomas, propuesta ortográfica de Vallejo Rendón, opinión de Vélez y conclusión del autor

c)

Comparación de la ortografía española frente a otros idiomas, mala ortografía de la hija, propuesta de abolición ortográfica porGabo, propuesta ortográfica de Vallejo Rendón, opinión de Vélez, y conclusión del autor.

d)

Propuesta ortográfica de Vallejo Rendón, Mala ortografía de la hija, propuesta de abolición ortográfica por Gabo, opinión de Vélez, comparación de la ortografía española frente a otros idiomas y conclusión del autor.

15.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

Las palabras “rupestre” y “antigualla” son:

a)

Antónimas

b)

Sinónimas

c)

Homófonas

d)

Homógrafas

16.

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MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

Según el autor, los escritores Gabo y Vallejo Rendón coincidían en:

a)

Su amor por las normas ortográficas

b)

Que tenían conflictos personales

c)

Su abolición a las normas ortográficas

d)

Su buen aporte a las letras.

17.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

Según Antonio Vélez la propuesta de Gabo y Vallejo Rendón seria:

a)

Acertada, puesto que la escritura en español sería más fácil para todos

b)

Inadecuada, porque se tendría que reaprender y reorganizar mucho de la ortografía

c)

Lógica, para estar a la vanguardia con los jóvenes escritores

d)

Incoherente, porque no tendría sentido cambiar a cada rato las normas ortográficas.

18.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

Otro posible titulo para el texto anterior sería:

a)

Mi hija “horrográfica”

b)

La ortografía de Gabo y Vallejo Rendón

c)

Cambios en la ortografía

d)

  Reflexiones ortográficas

19.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

De la conclusión se deduce que la ortografía:       

a)

En el español es más fácil de entender

b)

No es una habilidad de los maestros

c)

No se lee de manera fragmentada

d)

  Es de relevancias en nuestro contexto

20.

RESPONDA LAS PREGUNTAS DE LA 11 A LA 20 DE ACUERDO CON EL SIGUIENTE TEXTO:

MÁS SOBRE LA ORTOGRAFÍA

 

La persona que yo más quiero en el mundo, mi hija, tiene una ortografía espantosa.

 Por: Héctor Abad Faciolince.

En un chat con ella nadie podría suplantarla, porque su ortografía es tan improbable que, ante cinco palabras seguidas bien escritas, yo sabría que han tomado su lugar y que no es ella la que me está chateando. Mi método pedagógico ha sido siempre el mismo cada vez que se equivoca. Ella escribe, por ejemplo, “¿me yebastelozantehojos? Y yo: “Llevaste los anteojos, ¡animal!”. No le ha valido. Tal vez decirle “animal” a un alumno no sea lo más estimulante que existe para aprender. Pero adoro a mi bestia ortográfica y en su defensa puedo decir que, como hizo el bachillerato en Italia, en italiano tiene una ortografía impecable.

 

El más grande escritor de la historia de Colombia, García Márquez, decía tener tropiezos con la ortografía. Otro que no era mal escritor y se dice gramático, Vallejo Rendón, me dedicó una vez un libro con una incorrección ortográfica: “gozozamente”, decía. Estos dos escritores, que no se querían —García Márquez era insoportablemente superior para la vanidad del otro—, una vez estuvieron de acuerdo en el mismo despropósito de transformar radicalmente la ortografía española.

 

La propuesta de Gabo consistía en simplificarla: “Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y la jota … [acabemos] con nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una”.

 

La propuesta de Vallejo Rendón consistía en complicarla aún más. Para empezar, eliminaba las consonantes dobles: che, elle y erre, se escribirían s, l y r, subrayadas. Así chicharrón se escribiría sisaron, sin tilde, que para él era también una antigualla, como la hache. “La ka se utilizaría para representar el sonido de la ce de casa, así que queso se escribiría keso, mientras que cima se cambiaría por sima. La zeta desaparecería: cazar y casar se convertirían en lo mismo, kasar. La jota remplazaría la ge cuando se pronuncia como esta, de tal modo que general pasaría a ser jeneral, y guerra se escribiría gera. La uve desaparecería, así que los vellos de los varones quedarán convertidos en los belos de los barones. La ye se cambiaría por elle, es decir, por l, y por tanto los yoyos quedarían convertidos en lolos. Para terminar su limpieza, Vallejo cambia la equis por cs; en consecuencia, exequias se escribiría ecsekias”.

 

El profesor Antonio Vélez (la cita anterior es de él) señalaba los mil problemas que traería el cisma ortográfico de Vallejo: habría que volver a ordenar los diccionarios y los directorios, los archivos estatales y bancarios. Y, lo más grave, todos tendríamos que volver a aprender a leer. Para muestra este botón en ortografía vallejiana: en su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos.

Hay idiomas con una ortografía realmente endemoniada; en Occidente, el inglés y el francés son un ejemplo. En China y en Japón los niños se pasan diez años de escuela memorizando la cantidad mínima de signos para poder leer un texto sencillo (más de 2.000). En español, nos basta aprender unos 60 signos gráficos —incluyendo letras mayúsculas y minúsculas, signos de puntuación y prosódicos— y ya estamos listos para escribir correctamente. De las lenguas existentes, el español es una de las que tiene la ortografía más sencilla y normalizada.

 

No es, ni pretende ser, perfectamente fonética. ¿Por qué? Precisamente porque hay muchas variedades en la pronunciación del español y lo que la ortografía pretende es facilitar la lectura (en transcripción fonética antioqueña, Medellín se escribiría Meeyín). No leemos letra por letra. Leemos bloques —casi ideogramas— de letras. Y lo que permite una lectura más sencilla entre los cientos de millones que hablamos castellano es una convención ortográfica normalizada. Por todo lo anterior, los maestros no deberían estar tan bravos conmigo.

 

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/mas-sobre-ortografia.

"En su buelokonabianka, komio aros con aros de sebola, ecskisitos" la forma ortográfica de escribir dicha oración es:

a)

En su vuelo con Avianca comió aros con anillos de cebolla exquisitos.

b)

En su buelo con Avianca comio aros con aniyos de cebolla exquicitos.

c)

En su vuelo kon Avianca comió aros con anillos de sebollaesquisitos.

d)

 En su buelokon Avianca komio aros con aros de cebolla exquisitos.