
Primera prueba corta: clasificación de los párrafos
Authored by carlos castañeda
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1.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
3 mins • 1 pt
De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
El segundo párrafo del anterior texto es relacionador porque
se conecta con el anterior a partir de una relación de causa – efecto.
su sentido solo se concreta a partir de lo que dice el primero.
establece una transición entre un tema y un subtema.
el pronombre demostrativo “esto” le da sentido al tema.
2.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
3 mins • 1 pt
De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
Al inicio del texto, se trabaja la cohesión de este, evitando repetir ideas; como la de la reacción de los indígenas ante los oprobios que les hacían los españoles. Cuando se necesita aludir a este acontecimiento en la progresión del tema, se hace mediante la palabra:
les.
aquello.
esto.
aquel.
3.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
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De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
Por la estructura que presenta, podemos inferir que el cuarto párrafo
es relacionador, ya que une dos ideas de un mismo tema.
es inductivo, ya que presenta la oración temática al principio
tiene como tema los oprobios que hacían españoles a indígenas.
plantea una hipótesis sobre las causas de las crueldades a los indígenas.
4.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
3 mins • 1 pt
De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
La idea desarrollada en el último párrafo
se relaciona causalmente con la idea que la precede.
concluye que los españoles eran una sociedad bárbara.
complementa la idea que los europeos llegaron a saquear.
plantea la incalculable barbarie de los españoles.
5.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
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De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
El sexto párrafo está organizado en torno a
una enumeración de sucesos.
explicación de un acontecimiento.
información de hechos bárbaros.
narración de un solo hecho.
6.
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De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
Por la idea que desarrolla el primer párrafo, podríamos afirmar que la oración que más generaliza lo desarrollado en este es:
“Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo”.
“Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres familias indianas de diez personas”.
“La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América”.
“Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas”.
7.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
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De la isla española
La isla Española fue la primera que los cristianos ocuparon en América. Los españoles comenzaron robando los hijos de los indios para esclavos suyos y las mujeres para abusar de ellas. Les robaban así mismo la comida que los indios habían preparado con el sudor de su rostro; y un solo español consumía más que tres
familias indianas de diez personas. Les hacían en fin tan atroces injurias que los indios dixieron ser incierto que los españoles fuesen hombres venidos del cielo. Unos indios escondían su mujer y sus hijos: otros huían a los montes por no sufrir tan grandes injusticias.
Al ver esto los españoles maltrataron cruelmente a los indios señores de los pueblos, dándoles bofetadas, palos y otros golpes a mano y con instrumentos. Hubo un capitán cristiano que robó a un indio rey de toda la isla su mujer propia, y abusó de ella por la fuerza.
Esto fue origen de las guerras de resistencia en defensa de la libertad de los naturales para expeler a los cristianos. Pusieron a los indios en armas; pero estas son débiles, tanto que las guerras entre indios son menos fuertes que los juegos de cañas en Europa. Los cristianos tenían caballos, espadas y lanzas, y fácilmente mataban haciendo una cruel carnicería.
Entrando a los pueblos sacrificaban a su furor los viejos, los niños y las mugeres: no respetaban a las que se hallaban preñadas ni a las que habían acabado de parir: a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco. Apostaban inhumanamente sobre quién partía mejor a un hombre en dos trozos con una sola cuchillada, o sobre quien le sacaba mejor las entrañas. Quitaban a las madres los niños pendientes de sus pechos, los tomaban por una pierna y los tiraban de manera que la cabeza fuera estrellada. Otros arrojaban dichos niños al río próximo para que pereciesen ahogados diciendo con risa inhumana: “Refréscate, ahora bien, cuerpo de tal”. Otros atravesaban con sus espadas al niño, a su madre, y a las otras personas que a la sazón allí se hallasen. Hicieron ciertas horcas mui largas, no mui altas, ataban a ellas trece hombres, les aplicaban fuego por debajo y los quemaban vivos diciendo con horrible sacrilegio que los ofrecían a Dios en sacrificio por honor de Jesucristo y de sus doce apóstoles. Otros cubrían al hombre con paja, lo ataban, y después aplicaban fuego para que muriese aquel infeliz indio entre las llamas. Cortaban las manos a los que no mataban, y luego les insultaban diciéndoles: “llevad ahora cartas a los que han huido a los bosques”.
Todavía eran más crueles para con los indios señores de pueblos; pues los ataban y tendían sobre parrillas de madera hechas de intento, y los quemaban por debajo para que muriesen abrasados a fuego lento entre los más insufribles tormentos.
Yo mismo vi una vez que quemando en dos o tres pares de parrillas a cinco señores de pueblos y a otras personas se dio por ofendido el capitán de que aquellos
infelices le quitaban el sueño con sus gritos de dolor. Mandó que los ahogasen al instante para que no gritasen más. El alguacil (a quien yo conocía como también a sus parientes por ser naturales todos de Sevilla) más cruel que su jefe, no quiso ahogarlos; les metió en sus bocas un palo para que no pudiesen gritar, y atizó el fuego para que muriesen quemados con mayor tormento. Vi también muchos otros casos de los otros modos atroces de martirizar que antes he referido.
Habiendo notado los españoles que muchos indios abandonaban al pueblo, y se retiraban a los montes y bosques, amaestraron perros lebreles sanguinarios para perseguir a los indios, y los animales llegaron a ser tan diestros y feroces que apenas veían un indio lo destrozaban en dos momentos, y se comían como si fuera cadáver de un puerco.
No hay cálculos de los indios despresados por los lebreles. Si los indios mataban a un cristiano, aunque fuese en caso de justa defensa, los cristianos manifestaron tan inhumana venganza que promulgaban ley mandando matar cien indios por cada cristiano.
De las Casas, F. (2000). Brevísima relación de la destrucción de las indias. Tomado de http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/brevsima-relacin-de-la-destruccin-de-las-indias-0/html/847e3bed-827e-4ca7-bb80-fdcde7ac955e_18.html
En el párrafo 4, la expresión “a todas desbarrigaban con las espadas o con la lanza, y degollaban personas como a corderos cerrados en un aprisco”, es una oración
temática.
de detalle.
de soporte.
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