NEW
Font size
S
M
L
XL
WorksheetsLC 3º Pr Ud 4
Total questions: 36
Worksheet time: 18mins
Name
Class
Date
1.
¿Qué significa ponerse perdido?
a)
Ensuciarse mucho.
b)
Lavarse muy bien las manos.
c)
Perder una partida de cartas.
2.
Marca la afirmación verdadera.
a)
Al escribir, representamos los sonidos con letras.
b)
Cada letra representa siempre un único sonido.
c)
Al hablar pronunciamos letras.
3.
Marca la afirmación falsa.
a)
El punto y aparte separa dos palabras.
b)
El punto y seguido separa dos oraciones del mismo párrafo.
c)
El punto y final se escribe al final del texto.
4.
¿Cuándo se escribe mayúscula inicial después de un punto?
a)
Siempre.
b)
Nunca.
c)
Cuando la palabra que va después de punto es un nombre de persona.
5.
El punto y seguido...
a)
...separa dos oraciones del mismo párrafo.
b)
...separa dos párrafos distintos.
6.
El punto y aparte...
a)
...separa dos párrafos distintos.
b)
...separa dos oraciones del mismo párra
7.
Cuando alguien lo cuenta todo y no se calla nada, se dice que no tiene pelos en la
a)
Lengua
b)
Cabeza
8.
Cuando alguien ayuda a otro, se dice que le echa una
a)
Mano
b)
Mirada
9.
Cuando una comida está muy rica, se dice que está para chuparse los
a)
Dedos
b)
Huesos
10.
Cuando alguien no ha dormido, se dice que no ha pegado
a)
Ojo
b)
Oreja
11.
Cuando alguien no acierta nada o no hace nada bien, se dice que no da pie con
a)
Bola
b)
Suelo
12.
Recorrido que siguen los planetas alrededor del Sol y los satélites alrededor de los planetas.
a)
Órbita
b)
Planeta
c)
Satélite
13.
Astro que gira alrededor de un planeta.
a)
Satélite
b)
Órbita
c)
Planeta
14.
Qué sed tengo
a)
¡!
b)
.
c)
,
d)
¿?
15.
Laura es mi mejor amiga
a)
.
b)
:
c)
,
16.
Cuántos años tiene tu perro
a)
¿?
b)
,
c)
.
d)
:
17.
Tengo dos hermanos Miguel y Sara.
a)
:
b)
¿?
c)
¡!
d)
,
18.
Marca el grupo de palabras que están correctamente ordenadas alfabéticamente.
a)
Picadillo, picadora, picadura y picor.
b)
Picor, picadura, picadora y picadillo.
c)
Picadillo picor, picadora y picadura.
d)
Picor, picadillo, picadora y picadura.
19.
¿Cómo puedes dividir esta palabra a final de línea?
Marca la opción correcta.
Marca la opción correcta.
a)
alba-ñil
b)
alb-añil
c)
a-lbañil
20.
Cribar
a)
seleccionar con
la ayuda de una especie
de rejilla.
b)
castigo
que se da a una persona
cuando hace algo malo
para que le sirva
de lección.
21.
Escarmiento
a)
castigo
que se da a una persona
cuando hace algo malo
para que le sirva
de lección.
b)
seleccionar con
la ayuda de una especie
de rejilla.
22.
Frase hecha
a)
grupo de palabras
que tienen, en conjunto, un significado diferente
al de las palabras que lo forman.
b)
Oración.
23.
El punto y seguido
a)
Separa dos oraciones del mismo párrafo.
b)
Separa dos párrafos distintos.
c)
Se escribe al final del texto.
24.
El punto y aparte
a)
Separa dos párrafos distintos.
b)
Separa dos oraciones del mismo párrafo.
c)
Se escribe al final del texto.
25.
El punto final
a)
Se escribe al final del texto.
b)
Separa dos párrafos distintos.
c)
Separa dos oraciones del mismo párrafo.
26.
Marca la opción correcta
a)
Una sencilla colección Ramón pasa horas a la orilla del río observando las piedrecitas que arrastra la corriente. Cuando alguna le llama la atención, la coge. Así ha formado una bonita colección. Ramón asegura que una vez vio una pepita de oro, pero no le dio tiempo a cogerla. Nadie le cree, pero él sigue buscando.
b)
Una sencilla colección Ramón pasa horas a la orilla del río observando las piedrecitas que arrastra la corriente. Cuando alguna le llama la atención, la coge. Así ha formado una bonita coleccion. Ramón asegura que una vez vio una pepita de oro, pero no le dio tiempo a cogerla. Nadie le cree, pero él sigue buscando.
c)
Una sencilla colección Ramón pasa horas a la orilla del río observando las piedrecitas que arrastra la corriente. Cuando alguna le llama la atención, la coge. Asi ha formado una bonita colección. Ramón asegura que una vez vio una pepita de oro, pero no le dio tiempo a cogerla. Nadie le cree, pero él sigue buscando.
d)
Una sencilla colección Ramón pasa horas a la orilla del río observando las piedrecitas que arrastra la corriente. Cuando alguna le llama la atención, la coge. Así a formado una bonita colección. Ramón asegura que una vez vio una pepita de oro, pero no le dio tiempo a cogerla. Nadie le cree, pero él sigue buscando.
27.
Marca la opción correcta.
a)
Inventos divertidos El sabio Terencio ha inventado un buscador de sueños. Es un aparatito que permite elegir con qué soñar cada noche. El buscador es como el mando de una tele y resulta muy fácil de usar. Solo hay que pulsar la tecla del sueño elegido. Desde luego, con este invento, se acabaron las pesadillas.
b)
Inventos divertidos El sabio Terencio ha inventado un buscador de sueños. Es un aparatito que permite elegir con qué soñar cada noche. El buscador es como el mando de una tele y resulta muy fácil de usar. Solo hay que pulsar la tecla del sueño elegido. Desde luego, con este invento, se acavaron las pesadillas.
c)
Inventos divertidos El sabio Terencio ha inventado un buscador de sueños. Es un aparatito que permite elegir con qué soñar cada noche. El buscador es como el mando de una tele y resulta muy fácil de usar. Solo hay que pulsar la tecla del sueño elejido. Desde luego, con este invento, se acabaron las pesadillas.
d)
Inventos divertidos El sabio Terencio ha inventado un buscador de sueños. Es un aparatito que permite elegir con qué soñar cada noche. El buscador es como el mando de una tele y resulta muy facil de usar. Solo hay que pulsar la tecla del sueño elegido. Desde luego, con este invento, se acabaron las pesadillas.
28.
¿Quién escribió la noticia?
a)
Jorge Pedrosa.
b)
Goliat.
29.
¿Cuál es el titular de la noticia?
a)
Jorge Pedrosa.
b)
Goliat ha llegado a la ciudad.
30.
Mi mejor amiga
Lucía es mi mejor amiga. Lucía y yo nos conocimos en el parque hace mucho tiempo.
Mañana vendrá conmigo al pueblo. Sé que nos vamos a divertir mucho.
¿Cuántos párrafos tiene?
Lucía es mi mejor amiga. Lucía y yo nos conocimos en el parque hace mucho tiempo.
Mañana vendrá conmigo al pueblo. Sé que nos vamos a divertir mucho.
¿Cuántos párrafos tiene?
a)
2
b)
3
c)
4
d)
5
31.
¿Qué significa pensar en las musarañas?
a)
Estar distraído.
b)
Ser un amante de los animales.
c)
Pensar demasiado.
32.
El cultivo del oro
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-Escoger semillas de oro para cultivar, señor.
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-Escoger semillas de oro para cultivar, señor.
a)
Ibrahim
b)
El sultán
33.
El cultivo del oro
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-¿Semillas de oro...? Y, dime, ¿dan mucho fruto?
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-¿Semillas de oro...? Y, dime, ¿dan mucho fruto?
a)
El sultán
b)
Ibrahim
34.
El cultivo del oro
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro pueden secarse?
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro pueden secarse?
a)
El sultán
b)
Ibrahim
35.
El cultivo del oro
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-¿Y cómo creísteis entonces que las pepitas pudieran crecer y dar frutos?
Hace muchos años, en un lejano reino de Oriente, hubo una terrible sequía que arruinó las cosechas y empobreció a sus habitantes. Aquel año, el avaro sultán obligó a sus súbditos a pagar los impuestos como si nada hubiera ocurrido. –¿De dónde vamos a sacar el dinero? –se lamentaban–. Si apenas nos alcanza para comer… Algunos vecinos, preocupados por la difícil situación, fueron a ver a Ibrahim, un hombre justo y muy respetado que tenía fama de sabio. Él los escuchó y estuvo varios días pensando qué hacer. Por fin, una mañana, Ibrahim se dirigió a un camino por el que sabía que pasaría el sultán. Al cabo de un rato, lo vio venir, acompañado de su séquito. El hombre justo se puso a cribar arena. Cuando el sultán llegó a su altura, lo saludó piadosamente y le preguntó qué estaba haciendo. –Escoger semillas de oro para cultivar, señor –respondió. Al sultán le extrañó la respuesta y siguió preguntando. –¿Semillas de oro? Y, dime, ¿dan mucho fruto? –Pues… por cada pepita de oro puro que siembro, cosecho diez pasada una semana. Los ojos del sultán se iluminaron de avaricia. –Te propongo un trato –dijo–. Yo te daré el oro que quieras para sembrar. Cuando recolectes los frutos, dividirás en cinco partes la cosecha. Tú te quedarás con una y me darás a mí el resto. Ibrahim aceptó.
Pocos días después, se fue al palacio del sultán y pidió un kilo de oro para sembrar. Una semana más tarde, según lo acordado, volvió al palacio para entregar la parte de la cosecha que le correspondía al sultán. ¡Nada más y nada menos que ocho kilos de oro! Esta vez, los sirvientes del sultán le entregaron a Ibrahim varios cofres repletos de oro para sembrar. Los cofres pesaban tanto que fueron necesarios varios camellos para transportarlos. Ya en el pueblo, Ibrahim se puso a repartir el oro entre los vecinos. Enseguida se corrió la voz y llegaron gentes de muchas aldeas del reino. El oro fue suficiente para todos y sirvió para aliviar su pobreza. A los siete días, Ibrahim volvió al palacio, pero esta vez iba con las manos vacías. Cuando fue conducido ante el sultán, anunció: –Traigo malas noticias. Como no ha llovido nada, las pepitas se han secado. No tenemos cosecha. ¡Lo hemos perdido todo! El sultán contuvo su furia unos segundos y luego preguntó enfadado: –¿Piensas que soy tan tonto como para creer que unas pepitas de oro puedan secarse? Ibrahim replicó: –¿Y cómo creísteis entonces, señor, que las pepitas pudieran crecer y dar frutos? El sultán guardó silencio, avergonzado, y el bueno de Ibrahim se marchó del palacio muy satisfecho de haberle dado un escarmiento.
¿Quién lo dice?
-¿Y cómo creísteis entonces que las pepitas pudieran crecer y dar frutos?
a)
Ibrahim
b)
El sultán
36.
Cuerpo que gira en el espacio alrededor del Sol o de otra estrella, y que no tiene luz propia, como la Tierra.
a)
Planeta
b)
Órbita
c)
Satélite
Reset
