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Por muchos años, hemos creído que el Perú es un
mendigo sentado en un banco de oro, pensando que la
riqueza estaba en nuestros recursos naturales. Siendo
nuestro país el principal productor mundial de páprika y de
lana de alpaca, el principal exportador de espárragos,
harina de pescado y plata, y el segundo en zinc y
castañas; teniendo más de 25 mil especies de plantas, y
estando considerado como la cuarta nación con mayor
biodiversidad del mundo, es fácil imaginarnos ese banco
de oro que hemos heredado. Y es esa interpretación la
que nos hace creer que son las dotes naturales las que
“nos han tocado” y que únicamente ellas nos garantizan el
progreso; es decir, lo que vale, lo que marca la diferencia
es lo que uno trae consigo. Sin embargo, ¿es eso cierto?,
¿el éxito es fruto de la suerte o del esfuerzo?, ¿la clave
está en la herencia o en la iniciativa y el emprendimiento?,
¿un genio nace o se hace? Mario Vargas Llosa nos
enseña que no bastan las dotes y el talento con los que
nacemos. Un genio se hace con disciplina, pasión y
esfuerzo.
Ser escritor, enseña Mario, es un trabajo como cualquier
otro que, aunque dependa en gran medida de la
creatividad y la imaginación, requiere de disciplina y no de
esperar que buenamente llegue la inspiración. Si se ve
como un trabajo, y ponerse reglas y controles es clave
para lograr el objetivo. Así, más importante que lo que uno
tiene es qué hace con lo que le ha tocado. Y eso es un
tema de voluntad y perseverancia, de motivación y ánimo
para conseguir los objetivos y metas que uno se propone,
venciendo las dificultades que puedan surgir en el camino.
Por eso, creernos un país de inmensas riquezas naturales pero pobre es
suponer que tenemos que encontrar tesoros materiales
para hacernos ricos, cuando, más bien, la riqueza está en
nosotros mismos, en nuestra forma de ser, nuestra
capacidad de superación y emprendimiento, nuestra
creatividad, laboriosidad y fuerza cultural; en suma, en
nuestras actitudes; y es allí donde debemos buscar el
desarrollo de nuestro país.
¿Cuál es el tema del texto anterior?
Una discusión sobre los factores que impiden el
desarrollo de un país, según Vargas Llosa.
Las cualidades personales de Mario Vargas Llosa
como ejemplo de la riqueza nacional
Los elementos que garantizan el éxito en las
personas.
La actitud de las personas como elementos del
progreso del país.
Por muchos años, hemos creído que el Perú es un
mendigo sentado en un banco de oro, pensando que la
riqueza estaba en nuestros recursos naturales. Siendo
nuestro país el principal productor mundial de páprika y de
lana de alpaca, el principal exportador de espárragos,
harina de pescado y plata, y el segundo en zinc y
castañas; teniendo más de 25 mil especies de plantas, y
estando considerado como la cuarta nación con mayor
biodiversidad del mundo, es fácil imaginarnos ese banco
de oro que hemos heredado. Y es esa interpretación la
que nos hace creer que son las dotes naturales las que
“nos han tocado” y que únicamente ellas nos garantizan el
progreso; es decir, lo que vale, lo que marca la diferencia
es lo que uno trae consigo. Sin embargo, ¿es eso cierto?,
¿el éxito es fruto de la suerte o del esfuerzo?, ¿la clave
está en la herencia o en la iniciativa y el emprendimiento?,
¿un genio nace o se hace? Mario Vargas Llosa nos
enseña que no bastan las dotes y el talento con los que
nacemos. Un genio se hace con disciplina, pasión y
esfuerzo.
Ser escritor, enseña Mario, es un trabajo como cualquier
otro que, aunque dependa en gran medida de la
creatividad y la imaginación, requiere de disciplina y no de
esperar que buenamente llegue la inspiración. Si se ve
como un trabajo, y ponerse reglas y controles es clave
para lograr el objetivo. Así, más importante que lo que uno
tiene es qué hace con lo que le ha tocado. Y eso es un
tema de voluntad y perseverancia, de motivación y ánimo
para conseguir los objetivos y metas que uno se propone,
venciendo las dificultades que puedan surgir en el camino.
Por eso, creernos un país de inmensas pero pobre es
suponer que tenemos que encontrar tesoros materiales
para hacernos ricos, cuando, más bien, la riqueza está en
nosotros mismos, en nuestra forma de ser, nuestra
capacidad de superación y emprendimiento, nuestra
creatividad, laboriosidad y fuerza cultural; en suma, en
nuestras actitudes; y es allí donde debemos buscar el
desarrollo de nuestro país.
¿Cuál es la opinión del autor en el texto anterior?
Solo el desarrollo de una actitud ganadora hará salir
al país del subdesarrollo.
Es falso que el Perú sea un mendigo sentado en un
banco de oro, pues las verdaderas carencias de los
peruanos no se hallan en sus actitudes.
El Perú es un país de inmensas riquezas pero pobre
debido a la falta de disciplina de su población.
No son las riquezas o bienes innatos la garantía del
progreso del país, sino las actitudes de su gente.
Por muchos años, hemos creído que el Perú es un
mendigo sentado en un banco de oro, pensando que la
riqueza estaba en nuestros recursos naturales. Siendo
nuestro país el principal productor mundial de páprika y de
lana de alpaca, el principal exportador de espárragos,
harina de pescado y plata, y el segundo en zinc y
castañas; teniendo más de 25 mil especies de plantas, y
estando considerado como la cuarta nación con mayor
biodiversidad del mundo, es fácil imaginarnos ese banco
de oro que hemos heredado. Y es esa interpretación la
que nos hace creer que son las dotes naturales las que
“nos han tocado” y que únicamente ellas nos garantizan el
progreso; es decir, lo que vale, lo que marca la diferencia
es lo que uno trae consigo. Sin embargo, ¿es eso cierto?,
¿el éxito es fruto de la suerte o del esfuerzo?, ¿la clave
está en la herencia o en la iniciativa y el emprendimiento?,
¿un genio nace o se hace? Mario Vargas Llosa nos
enseña que no bastan las dotes y el talento con los que
nacemos. Un genio se hace con disciplina, pasión y
esfuerzo.
Ser escritor, enseña Mario, es un trabajo como cualquier
otro que, aunque dependa en gran medida de la
creatividad y la imaginación, requiere de disciplina y no de
esperar que buenamente llegue la inspiración. Si se ve
como un trabajo, y ponerse reglas y controles es clave
para lograr el objetivo. Así, más importante que lo que uno
tiene es qué hace con lo que le ha tocado. Y eso es un
tema de voluntad y perseverancia, de motivación y ánimo
para conseguir los objetivos y metas que uno se propone,
venciendo las dificultades que puedan surgir en el camino.
Por eso, creernos un país de inmensas pero pobre es
suponer que tenemos que encontrar tesoros materiales
para hacernos ricos, cuando, más bien, la riqueza está en
nosotros mismos, en nuestra forma de ser, nuestra
capacidad de superación y emprendimiento, nuestra
creatividad, laboriosidad y fuerza cultural; en suma, en
nuestras actitudes; y es allí donde debemos buscar el
desarrollo de nuestro país.
¿Cuál es la premisa principal que desarrolla el
autor del texto anterior para sostener su posición?
La motivación y el ánimo son centrales para alcanzar el
desarrollo.
Más importante que tener riquezas es saber qué
actitudes desarrollar con ellas.
Nuestra creatividad, laboriosidad y fuerza cultural son
un ejemplo para otros.
El ahínco de la gente es lo que, finalmente, garantiza
el desarrollo.
Por muchos años, hemos creído que el Perú es un
mendigo sentado en un banco de oro, pensando que la
riqueza estaba en nuestros recursos naturales. Siendo
nuestro país el principal productor mundial de páprika y de
lana de alpaca, el principal exportador de espárragos,
harina de pescado y plata, y el segundo en zinc y
castañas; teniendo más de 25 mil especies de plantas, y
estando considerado como la cuarta nación con mayor
biodiversidad del mundo, es fácil imaginarnos ese banco
de oro que hemos heredado. Y es esa interpretación la
que nos hace creer que son las dotes naturales las que
“nos han tocado” y que únicamente ellas nos garantizan el
progreso; es decir, lo que vale, lo que marca la diferencia
es lo que uno trae consigo. Sin embargo, ¿es eso cierto?,
¿el éxito es fruto de la suerte o del esfuerzo?, ¿la clave
está en la herencia o en la iniciativa y el emprendimiento?,
¿un genio nace o se hace? Mario Vargas Llosa nos
enseña que no bastan las dotes y el talento con los que
nacemos. Un genio se hace con disciplina, pasión y
esfuerzo.
Ser escritor, enseña Mario, es un trabajo como cualquier
otro que, aunque dependa en gran medida de la
creatividad y la imaginación, requiere de disciplina y no de
esperar que buenamente llegue la inspiración. Si se ve
como un trabajo, y ponerse reglas y controles es clave
para lograr el objetivo. Así, más importante que lo que uno
tiene es qué hace con lo que le ha tocado. Y eso es un
tema de voluntad y perseverancia, de motivación y ánimo
para conseguir los objetivos y metas que uno se propone,
venciendo las dificultades que puedan surgir en el camino.
Por eso, creernos un país de inmensas pero pobre es
suponer que tenemos que encontrar tesoros materiales
para hacernos ricos, cuando, más bien, la riqueza está en
nosotros mismos, en nuestra forma de ser, nuestra
capacidad de superación y emprendimiento, nuestra
creatividad, laboriosidad y fuerza cultural; en suma, en
nuestras actitudes; y es allí donde debemos buscar el
desarrollo de nuestro país.
¿Cuál es la síntesis de la argumentación del texto
anterior?
El desarrollo de un país no reside en los bienes
interiores o heredados sino en las actitudes de su
población, ya que, más que la riqueza, importa lo que uno
haga con ella.
El éxito de un país no está en la suerte o en la
herencia, sino en la valoración de sus recursos materiales
y humanos.
Solo el que sabe qué hacer con sus riquezas es capaz
de generar un verdadero desarrollo en el país.
Debido a que la gente es el principal motor del
desarrollo, se debe entender que el progreso solo lo
genera la variedad de recursos con los que cuenta un
país.
Por muchos años, hemos creído que el Perú es un
mendigo sentado en un banco de oro, pensando que la
riqueza estaba en nuestros recursos naturales. Siendo
nuestro país el principal productor mundial de páprika y de
lana de alpaca, el principal exportador de espárragos,
harina de pescado y plata, y el segundo en zinc y
castañas; teniendo más de 25 mil especies de plantas, y
estando considerado como la cuarta nación con mayor
biodiversidad del mundo, es fácil imaginarnos ese banco
de oro que hemos heredado. Y es esa interpretación la
que nos hace creer que son las dotes naturales las que
“nos han tocado” y que únicamente ellas nos garantizan el
progreso; es decir, lo que vale, lo que marca la diferencia
es lo que uno trae consigo. Sin embargo, ¿es eso cierto?,
¿el éxito es fruto de la suerte o del esfuerzo?, ¿la clave
está en la herencia o en la iniciativa y el emprendimiento?,
¿un genio nace o se hace? Mario Vargas Llosa nos
enseña que no bastan las dotes y el talento con los que
nacemos. Un genio se hace con disciplina, pasión y
esfuerzo.
Ser escritor, enseña Mario, es un trabajo como cualquier
otro que, aunque dependa en gran medida de la
creatividad y la imaginación, requiere de disciplina y no de
esperar que buenamente llegue la inspiración. Si se ve
como un trabajo, y ponerse reglas y controles es clave
para lograr el objetivo. Así, más importante que lo que uno
tiene es qué hace con lo que le ha tocado. Y eso es un
tema de voluntad y perseverancia, de motivación y ánimo
para conseguir los objetivos y metas que uno se propone,
venciendo las dificultades que puedan surgir en el camino.
Por eso, creernos un país de inmensas pero pobre es
suponer que tenemos que encontrar tesoros materiales
para hacernos ricos, cuando, más bien, la riqueza está en
nosotros mismos, en nuestra forma de ser, nuestra
capacidad de superación y emprendimiento, nuestra
creatividad, laboriosidad y fuerza cultural; en suma, en
nuestras actitudes; y es allí donde debemos buscar el
desarrollo de nuestro país.
A partir del texto anterior, se puede afirmar que:
Mario Vargas Llosa ha logrado el Nobel solo por la gran
capacidad de trabajo que ha mantenido durante todos
estos años.
Todo trabajo es el resultado de la voluntad y la
perseverancia.
Solo la actitud asegura el desarrollo de un país.
Todas las tres primeras opciones
Ninguna de las tres primeras opciones
¿Cuál es su opinión con respecto al texto? ¿Está de acuerdo con la perspectiva del autor? ¿Por qué?
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó
un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté
que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el
hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto
universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el
primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo
no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi
vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía
consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también
sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su
cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para
saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo
hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la
abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias
de sus muchos retratos: Beatriz Viterbo, de perfil, en
colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la
primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda
con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del
divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino;
Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo;
Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en
el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros:
libros cuyas páginas, finalmente, aprendía a cortar, para
no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges
¿Cuál es el tema central del texto?
Una ineludible visita de cortesía
Los retratos de la mujer amada
Los libros como pretexto para mantener una
relación
La decisión de conservar el recuerdo de una muerta
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó
un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté
que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el
hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto
universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el
primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo
no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi
vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía
consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también
sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su
cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para
saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo
hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la
abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias
de sus muchos retratos: Beatriz Viterbo, de perfil, en
colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la
primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda
con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del
divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino;
Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo;
Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en
el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros:
libros cuyas páginas, finalmente, aprendía a cortar, para
no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges
¿Cuál es la idea central del texto?
A pesar de su dolorosa agonía, la protagonista no
cayó ni en el sentimentalismo ni en el miedo.
La devoción sin esperanza a una mujer indiferente
puede resultar humillante.
La muerte de Beatriz podía servir de pretexto al
narrador para consagrarse a su memoria.
A la mujer mencionada le fascinaba retratarse para
las ocasiones importantes.
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó
un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté
que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el
hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto
universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el
primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo
no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi
vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía
consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también
sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su
cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para
saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo
hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la
abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias
de sus muchos retratos: Beatriz Viterbo, de perfil, en
colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la
primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda
con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del
divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino;
Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo;
Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en
el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros:
libros cuyas páginas, finalmente, aprendía a cortar, para
no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges
A partir del texto, es posible afirmar que:
El narrador sentía un afecto profundo por Beatriz.
Beatriz iba mucho a las carreras de caballos.
Carlos Argentino Daneri vivía en la casa de Beatriz.
Beatriz siempre tuvo mascotas.
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó
un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté
que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el
hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto
universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el
primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo
no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi
vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía
consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también
sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su
cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para
saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo
hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la
abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias
de sus muchos retratos: Beatriz Viterbo, de perfil, en
colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la
primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda
con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del
divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino;
Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo;
Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en
el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros:
libros cuyas páginas, finalmente, aprendía a cortar, para
no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges
Devoción significa en el texto:
Sufrimiento
Veneración
Piedad
Obsesión
La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo
murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó
un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté
que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución
habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el
hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto
universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el
primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo
no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi
vana devoción la había exasperado; muerta, yo podía
consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también
sin humillación. Consideré que el 30 de abril era su
cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para
saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo
hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez
ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la
abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias
de sus muchos retratos: Beatriz Viterbo, de perfil, en
colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la
primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda
con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del
divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en
Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino;
Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo;
Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo; la mano en
el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a
justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros:
libros cuyas páginas, finalmente, aprendía a cortar, para
no comprobar, meses después, que estaban intactos.
Fragmento de El Aleph de Jorge Luis Borges
Sobre el texto no es posible inferir que:
El universo es cambiante y enorme.
Algunos regalos del narrador eran poco atendidos
por Beatriz.
El cumpleaños de Beatriz se seguía celebrando
después de su muerte.
Alessandri estuvo sentimentalmente vinculado con
Beatriz.
Con el cuadro Las bañistas, realizado al final de su vida,
Renoir hizo entrega de su testamento pictórico. Trabajaba
con obstinación y escribía: “Soy totalmente feliz y no
moriré antes de acabar mi obra maestra”. El tema de las
bañistas aparece regularmente en la obra de Renoir,
sobre todo en los momentos en que se interrogaba sobre
el sentido que debía dar a sus investigaciones. Se trata,
además, de uno de los temas fundamentales del
impresionismo: Manet fue el primero en explorar las
relaciones entre el desnudo y el paisaje con el “Almuerzo
en el campo”; Cézanne, con el que Renoir siempre
mantuvo una buena amistad, también dedicó sus últimos
años a realizar bañistas monumentales y desprovistas de
cualquier significación mitológica o contemporánea.
Renoir concibe de igual manera a sus mujeres:
rellenándolas con toda la pasión que le inspiran sus
cuerpos, moldeándolas con la salud y la fuerza que
siempre había venerado. El artista se entregó por
completo al amor que sentía por la vida, por el cuerpo
femenino y por la naturaleza, esperando quizás que sus
compatriotas que combatían en la guerra, perdidos en la
incertidumbre de la civilización y de sus peligros,
encontrasen un mensaje de paz y de sosegada comunión
con el sol y la naturaleza.
¿Cuál es el tema del texto?
Las diversas representaciones de bañistas hechas
por los pintores Renoir, Manet y Cézanne.
La importancia y trascendencia de la figura
femenina exuberante en los cuadros impresionistas
Un acercamiento al impresionismo de Renoir, Manet
y Cézanne
El sentido y rol de las representaciones de bañistas
en la obra de Renoir.
Con el cuadro Las bañistas, realizado al final de su vida,
Renoir hizo entrega de su testamento pictórico. Trabajaba
con obstinación y escribía: “Soy totalmente feliz y no
moriré antes de acabar mi obra maestra”. El tema de las
bañistas aparece regularmente en la obra de Renoir,
sobre todo en los momentos en que se interrogaba sobre
el sentido que debía dar a sus investigaciones. Se trata,
además, de uno de los temas fundamentales del
impresionismo: Manet fue el primero en explorar las
relaciones entre el desnudo y el paisaje con el “Almuerzo
en el campo”; Cézanne, con el que Renoir siempre
mantuvo una buena amistad, también dedicó sus últimos
años a realizar bañistas monumentales y desprovistas de
cualquier significación mitológica o contemporánea.
Renoir concibe de igual manera a sus mujeres:
rellenándolas con toda la pasión que le inspiran sus
cuerpos, moldeándolas con la salud y la fuerza que
siempre había venerado. El artista se entregó por
completo al amor que sentía por la vida, por el cuerpo
femenino y por la naturaleza, esperando quizás que sus
compatriotas que combatían en la guerra, perdidos en la
incertidumbre de la civilización y de sus peligros,
encontrasen un mensaje de paz y de sosegada comunión
con el sol y la naturaleza.
¿Cuál es la idea central del texto?
Renoir se sentía totalmente rendido ante los
encantos de las mujeres de cuerpo saludable y fuerte.
Las pinturas de bañistas fueron un tema frecuente
entre los pintores impresionistas.
Las mujeres de cuerpos voluminosos fueron
representadas en varios cuadros impresionistas.
Las representaciones de bañistas en la obra de
Renoir expresan su propia visión del cuerpo femenino y la
vida.
Con el cuadro Las bañistas, realizado al final de su vida,
Renoir hizo entrega de su testamento pictórico. Trabajaba
con obstinación y escribía: “Soy totalmente feliz y no
moriré antes de acabar mi obra maestra”. El tema de las
bañistas aparece regularmente en la obra de Renoir,
sobre todo en los momentos en que se interrogaba sobre
el sentido que debía dar a sus investigaciones. Se trata,
además, de uno de los temas fundamentales del
impresionismo: Manet fue el primero en explorar las
relaciones entre el desnudo y el paisaje con el “Almuerzo
en el campo”; Cézanne, con el que Renoir siempre
mantuvo una buena amistad, también dedicó sus últimos
años a realizar bañistas monumentales y desprovistas de
cualquier significación mitológica o contemporánea.
Renoir concibe de igual manera a sus mujeres:
rellenándolas con toda la pasión que le inspiran sus
cuerpos, moldeándolas con la salud y la fuerza que
siempre había venerado. El artista se entregó por
completo al amor que sentía por la vida, por el cuerpo
femenino y por la naturaleza, esperando quizás que sus
compatriotas que combatían en la guerra, perdidos en la
incertidumbre de la civilización y de sus peligros,
encontrasen un mensaje de paz y de sosegada comunión
con el sol y la naturaleza.
Se puede afirmar a partir del texto que:
Las bañistas son el tema principal tratado por los
pintores impresionistas.
El tema de las bañistas fue tratado por Renoir en
diversos momentos de su vida.
Renoir vivía totalmente ajeno a la situación que
vivían los soldados en la guerra.
Renoir pintaba mujeres de cuerpos voluptuosos en
todos sus cuadros.
Con el cuadro Las bañistas, realizado al final de su vida,
Renoir hizo entrega de su testamento pictórico. Trabajaba
con obstinación y escribía: “Soy totalmente feliz y no
moriré antes de acabar mi obra maestra”. El tema de las
bañistas aparece regularmente en la obra de Renoir,
sobre todo en los momentos en que se interrogaba sobre
el sentido que debía dar a sus investigaciones. Se trata,
además, de uno de los temas fundamentales del
impresionismo: Manet fue el primero en explorar las
relaciones entre el desnudo y el paisaje con el “Almuerzo
en el campo”; Cézanne, con el que Renoir siempre
mantuvo una buena amistad, también dedicó sus últimos
años a realizar bañistas monumentales y desprovistas de
cualquier significación mitológica o contemporánea.
Renoir concibe de igual manera a sus mujeres:
rellenándolas con toda la pasión que le inspiran sus
cuerpos, moldeándolas con la salud y la fuerza que
siempre había venerado. El artista se entregó por
completo al amor que sentía por la vida, por el cuerpo
femenino y por la naturaleza, esperando quizás que sus
compatriotas que combatían en la guerra, perdidos en la
incertidumbre de la civilización y de sus peligros,
encontrasen un mensaje de paz y de sosegada comunión
con el sol y la naturaleza.
¿Qué se puede inferir a partir del texto?
Renoir pudo haberse sentido atraído por mujeres de cuerpos grandes.
El cuadro Las bañistas fue el primer cuadro que
pintó Renoir.
Con Las bañistas, Renoir da a conocer el legado de
su obra pictórica.
Manet y Cézanne mantuvieron una sólida amistad
con Renoir.
