El escritor peruano Gustavo Rodríguez ha publicado su cuarta novela titulada Cocinero en su tinta. Según el autor, es “la primera novela sobre la gastronomía peruana”. No he leído aun el libro
de Rodríguez, pero sin duda, no dejará huella en la literatura peruana por ser la primera en hablar del llamado boom gastronómico peruano, sino por méritos literarios.
Por lo demás, soy de esos pocos peruanos que no creen en el boom de la gastronomía peruana y que no consideran que nuestra comida sea la mejor de Latinoamérica ni del mundo. Soy un pésimo anfitrión: no conozco restaurantes ni huariques donde preparan el mejor cebiche o el ají de gallina con la receta de la abuela (mi abuela, por cierto, no cocinaba). No pretendo obligar a ningún turista a beber Inca Kola (“la bebida del sabor nacional”), ni a tragar los dulces más empa- lagosos que he comido jamás (como el suspiro limeño), y menos aún hago proselitismo a favor del pisco peruano en contra del pisco chileno. Creo, honestamente, que la comida peruana es indigesta y poco saludable. Casi sin excepción se trata de un petardo de carbohidratos, una mez- cla inexplicable de ingredientes (muchos de ellos deliciosos en sí mismos, hay que decirlo, pues los insumos son de primera calidad) que cualquier nutricionista calificado debería prohibir. Cada vez que alguien habla de la fama de la comida peruana en el mundo, pienso en las carencias de un país necesitado del reconocimiento extranjero para sentir respeto por sí mismo.
Volviendo a lo literario, queda claro que no solo tenemos temas más diversos e interesantes que el de la comida. Es necesario escribir sobre algo más que temas de moda. Un hecho reciente, por más importante que sea, no constituye una buena fuente para producir literatura. Por ejemplo, la literatura de la violencia política peruana. Aunque podría decirse —como lo muestran diversas antologías sobre el tema— que empezó casi al mismo tiempo que las primeras bombas, no fue sino hasta muchos años después, en la primera década del 2000, en que dio frutos interesantes, una vez que se logró superar la apología ideológica o el retrato costumbrista y se volvió vehículo de conocimiento, de memoria y reconciliación. Probablemente este sea el inicio
de una literatura que profundizará sobre un hecho tan trascendente como son los años del terrorismo peruano.
No sé nada de cocina, así que ignoro en qué condición debe prepararse un calamar para que sea considerado “en su tinta”. Pero sin duda, para que una obra literaria sea un logro artístico y
humano, la tinta tiene que estar bien seca.