socrates

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Social Studies
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10th Grade
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Hard
manuel gonzalez
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1.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
1 min • 1 pt
Sócrates: "No temo la ignorancia; temo la ilusión de conocimiento."
En medio del bullicio de la ágora, Sócrates se dirigió a sus discípulos con calma, sus ojos centelleaban con la chispa del intelecto. Se detuvo un momento, como si estuviera contemplando las palabras antes de que salieran de sus labios.
"¿Qué es la sabiduría, amigos míos?", preguntó, su voz resonando en el aire tranquilo.
Los discípulos intercambiaron miradas, esperando una respuesta que pudiera satisfacer al maestro.
"La sabiduría es el conocimiento de las cosas", respondió uno de ellos, con cierta confianza.
Sócrates sonrió, pero su sonrisa era más un gesto de complicidad que de acuerdo. "No es tan simple", dijo. "La sabiduría no es solo acumular información, sino comprender la naturaleza de las cosas y reconocer la propia ignorancia."
Los discípulos reflexionaron sobre sus palabras, sintiendo cómo la humildad se insinuaba en sus corazones.
"Entonces, ¿cómo podemos alcanzar la sabiduría?", preguntó otro discípulo, con un brillo de curiosidad en los ojos.
Sócrates inclinó la cabeza, pensativo. "A través del diálogo y la búsqueda constante de la verdad", respondió. "Debemos cuestionar todo, incluso nuestras propias creencias, y estar dispuestos a admitir cuando no sabemos algo. Solo entonces estaremos en el camino hacia la verdadera sabiduría."
Los discípulos asintieron, absorbidos por las palabras del sabio filósofo. Sabían que el camino hacia la sabiduría sería largo y difícil, pero también sabían que tenían a Sócrates como guía, un faro de luz en medio de la oscuridad de la ignorancia.
Con renovado vigor, continuaron su camino, listos para enfrentar los desafíos que les esperaban, con la sabiduría como su norte y la humildad como su compañera de viaje. ¿Cuál es el principal temor expresado por Sócrates en el texto?
A) Temor a la ignorancia.
B) Temor a la falta de conocimiento.
C) Temor a la falta de humildad.
D) Temor a la ilusión de sabiduría.
2.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
2 mins • 8 pts
You
Sócrates: "No temo la ignorancia; temo la ilusión de conocimiento." En medio del bullicio de la ágora, Sócrates se dirigió a sus discípulos con calma, sus ojos centelleaban con la chispa del intelecto. Se detuvo un momento, como si estuviera contemplando las palabras antes de que salieran de sus labios. "¿Qué es la sabiduría, amigos míos?", preguntó, su voz resonando en el aire tranquilo. Los discípulos intercambiaron miradas, esperando una respuesta que pudiera satisfacer al maestro. "La sabiduría es el conocimiento de las cosas", respondió uno de ellos, con cierta confianza. Sócrates sonrió, pero su sonrisa era más un gesto de complicidad que de acuerdo. "No es tan simple", dijo. "La sabiduría no es solo acumular información, sino comprender la naturaleza de las cosas y reconocer la propia ignorancia." Los discípulos reflexionaron sobre sus palabras, sintiendo cómo la humildad se insinuaba en sus corazones. "Entonces, ¿cómo podemos alcanzar la sabiduría?", preguntó otro discípulo, con un brillo de curiosidad en los ojos. Sócrates inclinó la cabeza, pensativo. "A través del diálogo y la búsqueda constante de la verdad", respondió. "Debemos cuestionar todo, incluso nuestras propias creencias, y estar dispuestos a admitir cuando no sabemos algo. Solo entonces estaremos en el camino hacia la verdadera sabiduría." Los discípulos asintieron, absorbidos por las palabras del sabio filósofo. Sabían que el camino hacia la sabiduría sería largo y difícil, pero también sabían que tenían a Sócrates como guía, un faro de luz en medio de la oscuridad de la ignorancia. Con renovado vigor, continuaron su camino, listos para enfrentar los desafíos que les esperaban, con la sabiduría como su norte y la humildad como su compañera de viaje.¿Qué distingue Sócrates como la esencia de la sabiduría?
A) La acumulación de información.
B) La comprensión de la naturaleza de las cosas y la aceptación de la propia ignorancia.
C) La autoridad y el prestigio.
D) La educación formal.
3.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
2 mins • 9 pts
Sócrates: "No temo la ignorancia; temo la ilusión de conocimiento." En medio del bullicio de la ágora, Sócrates se dirigió a sus discípulos con calma, sus ojos centelleaban con la chispa del intelecto. Se detuvo un momento, como si estuviera contemplando las palabras antes de que salieran de sus labios. "¿Qué es la sabiduría, amigos míos?", preguntó, su voz resonando en el aire tranquilo. Los discípulos intercambiaron miradas, esperando una respuesta que pudiera satisfacer al maestro. "La sabiduría es el conocimiento de las cosas", respondió uno de ellos, con cierta confianza. Sócrates sonrió, pero su sonrisa era más un gesto de complicidad que de acuerdo. "No es tan simple", dijo. "La sabiduría no es solo acumular información, sino comprender la naturaleza de las cosas y reconocer la propia ignorancia." Los discípulos reflexionaron sobre sus palabras, sintiendo cómo la humildad se insinuaba en sus corazones. "Entonces, ¿cómo podemos alcanzar la sabiduría?", preguntó otro discípulo, con un brillo de curiosidad en los ojos. Sócrates inclinó la cabeza, pensativo. "A través del diálogo y la búsqueda constante de la verdad", respondió. "Debemos cuestionar todo, incluso nuestras propias creencias, y estar dispuestos a admitir cuando no sabemos algo. Solo entonces estaremos en el camino hacia la verdadera sabiduría." Los discípulos asintieron, absorbidos por las palabras del sabio filósofo. Sabían que el camino hacia la sabiduría sería largo y difícil, pero también sabían que tenían a Sócrates como guía, un faro de luz en medio de la oscuridad de la ignorancia. Con renovado vigor, continuaron su camino, listos para enfrentar los desafíos que les esperaban, con la sabiduría como su norte y la humildad como su compañera de viaje.Según Sócrates, ¿cómo se puede alcanzar la sabiduría?
A) A través del estudio intensivo.
B) A través del pensamiento abstracto
C) A través del diálogo y la búsqueda constante de la verdad.
D) A través de la observación pasiva.
4.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
1 min • 5 pts
Sócrates: "No temo la ignorancia; temo la ilusión de conocimiento." En medio del bullicio de la ágora, Sócrates se dirigió a sus discípulos con calma, sus ojos centelleaban con la chispa del intelecto. Se detuvo un momento, como si estuviera contemplando las palabras antes de que salieran de sus labios. "¿Qué es la sabiduría, amigos míos?", preguntó, su voz resonando en el aire tranquilo. Los discípulos intercambiaron miradas, esperando una respuesta que pudiera satisfacer al maestro. "La sabiduría es el conocimiento de las cosas", respondió uno de ellos, con cierta confianza. Sócrates sonrió, pero su sonrisa era más un gesto de complicidad que de acuerdo. "No es tan simple", dijo. "La sabiduría no es solo acumular información, sino comprender la naturaleza de las cosas y reconocer la propia ignorancia." Los discípulos reflexionaron sobre sus palabras, sintiendo cómo la humildad se insinuaba en sus corazones. "Entonces, ¿cómo podemos alcanzar la sabiduría?", preguntó otro discípulo, con un brillo de curiosidad en los ojos. Sócrates inclinó la cabeza, pensativo. "A través del diálogo y la búsqueda constante de la verdad", respondió. "Debemos cuestionar todo, incluso nuestras propias creencias, y estar dispuestos a admitir cuando no sabemos algo. Solo entonces estaremos en el camino hacia la verdadera sabiduría." Los discípulos asintieron, absorbidos por las palabras del sabio filósofo. Sabían que el camino hacia la sabiduría sería largo y difícil, pero también sabían que tenían a Sócrates como guía, un faro de luz en medio de la oscuridad de la ignorancia. Con renovado vigor, continuaron su camino, listos para enfrentar los desafíos que les esperaban, con la sabiduría como su norte y la humildad como su compañera de viaje.¿Qué actitud se destaca como crucial para el camino hacia la sabiduría según Sócrates?
A) La arrogancia.
B) La certeza absoluta en las propias creencias.
C) La aceptación de la propia ignorancia y la disposición a cuestionar las creencias establecidas.
D) La evasión de desafíos intelectuales
5.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
5 mins • 5 pts
LA REPÚBLICA ( PLATÓN)
Que de todos modos, al formar un Estado, no nos hemos propuesto como fin la felicidad de un cierto orden de ciudadanos, sino la del Estado entero, porque hemos creído deber encontrar la justicia en un Estado gobernado de esta manera, y la injusticia en un Estado mal constituido, y por medio de este descubrimiento ponernos suposición de decidir la cuestión que es objeto de nuestra polémica. Ahora bien, en este momento nuestra tarea consiste en fundar un gobierno dichoso, á nuestro parecer por lo menos, un Estado, en el que la felicidad no sea patrimonio de un pequeño número de particulares, sino común á toda la sociedad. Examinaremos bien pronto la forma de gobierno que se opone á esta. Si nos ocupa- ramos en pintar estátuas, y alguno nos objetara que no empleábamos los más bellos colores para pintar las más bellas partes del cuerpo, por ejemplo, que no pintábamos los ojos con bermellón sino con negro, creeríamos responder cumplidamente á este censor, diciéndole: no te imagines que nosotros hablamos de pintar los ojos tan bellos, que dejaran de ser ojos, y lo que digo de esta parte del cuerpo debe entenderse de todas las demás, y así lo que debes examinar es si damos á cada parte el color que le conviene, de suerte que resulte un conjunto perfecto. Eso le diría; y ahora te digo á tí otro tanto. No nos obligues á hacer que vaya unida á la condición de nuestros guer- reros una felicidad, que les haría dejar de ser lo que son. Podríamos, si quisiéramos vestir nuestros labradores con trajes talares, cargar sus vestidos de oro y no hacerles trabajar la tierra sino por placer. Podríamos acostar al alfarero al pie de su horno, cerca de su rueda, en reposo, comiendo y bebiendo anchamente, y con la libertad de trabajar cuando quisiera. Podríamos hacer dichosos de la misma manera á todos los de las demás condiciones, para que el Estado entero gozase de una perfecta felicidad; pero no nos des semejante consejo, porque si le siguiésemos, el labrador cosaria de ser labrador, el alfarero de ser alfarero ; cada cual saldría de su condición, j no habría ya sociedad. Además, que los otros artesanos se mantengan ó no en sus respectivos oficios, no es negocio de gran importancia; que el zapatero sea mal zapatero, que se deje corromper, ó que alguno se tenga por zapatero sin serlo, el público no sufrirá por esto un gran daño. Pero si los que están designados para guardar el Estado y las leyes, sólo son guardadores en el nombre, ya conoces que conducirán la república á su ruina, porque de ellos es de quienes depende su buena administración y su felicidad. Por consiguiente, si queremos formar buenos guardadores, pongámoslos en la imposibilidad de dañar en lo más mínimo á la comunidad. El que sea de otro dictamen y quiera hacer de ellos labradores ó alegres convi- dados á una fiesta pública, tendrá en cuenta todo lo que requiera ménos la idea de un Estado. Por lo tanto, veamos si nuestro propósito, al establecer la clase de los guerreros, es proporcionarles la mayor felicidad posible, ó si es más bien el proveer á la felicidad de todo el Estado, y de convencer y precisar á los guardadores y defensores de la patria, como á todos los demás ciudadanos, á que cumplan lo mejor posible la tarea que les está asignada; de suerte que cuando el Estado se haya robustecido y esté bien ad- ministrado, todos participarán de la felicidad pública, unos más, otros menos, según la calidad de su empleo. —Lo que dices me parece muy sensato. —No sé si este otro razonamiento, que es del mismo género, te parecerá menos exacto. —¿De qué se trata? —Mira si lo que voy á decir no es lo que pierde y cor- rompe de ordinario á los artesanos. —¿Qué es lo que les pierde? •—La opulencia y la pobreza. —¿ Cómo ? —De la manera siguiente: el alfarero, si se hace rico, ¿se ocupará mucho de su oficio? —No. —Se hará, por lo tanto, cada día más holgazán y más negligente. —Sin duda. —Y por consiguiente, peor alfarero. -Sí. —Por otra parte, si la pobreza le quita los medios de proporcionarse instrumentos y todo lo necesario para su arte, se resentirá su trabajo, y sus hijos y los demás obreros á quienes él enseñe serán menos hábiles. —Es cierto. —Y así, las riquezas y la pobreza dañan igualmente á las artes y á los que las ejercen. —Así parece. —Hé aquí descosas en que nuestros magistrados deberán poner gran cuidado, para que no entren en nuestro Estado. —¿Cuáles son? —La opulencia y la pobreza, porque la una engendra la molicie, la holgazanería y el amor á las novedades; y la otra este mismo amor á las novedades, la bajeza y el deseo de hacer mal. —Convengo en ello; pero Sócrates, te suplico, que fijes tu atención en una cosa. ¿Cómo podrá nuestro Estado sostener la guerra, si no tiene tesoros, sobre todo, si tiene que habérselas con una república rica y poderosa? —Es cierto que habrá dificultad para defenderse contra una sola; pero se defenderá más fácilmente contra dos. —¿Qué es lo que dices? —Por lo pronto, si es preciso venir á las manos, nue tras gentes, ejercitadas en la guerra, ¿no tienen que habérselas con enemigos ricos? -Sí. —Pero, Adimanto, un luchador ejercitado ¿no vencerá fácilmente á dos adversarios ricos y obesos? —No, si ha de habérselas con los dos á la vez. — ¡Qué! si tuviese libertad para huir y pudiere herir, volviéndose, al que le siguiese más de cerca, y si emplease muchas veces esta estrategia á la luz del sol y en medio de un calor ardiente, ¿le seria difícil batir á muchos, unos en pos de otros? —Verdaderamente no tendría nada de extraño. —¿Crees tú que los ricos, de que hablamos, estén más ejercitados en la lucha que en la guerra? —No lo creo. —Por consiguiente, á lo que parece, nuestros atletas se batirán sin dificultad contra un ejército de ricos dos ó tres veces más numeroso. —Estoy conforme, porque me parece que tienes razón. —Y si pidiesen socorro á los habitantes de un Estado vecino, diciéndoles lo que es verdad: nosotros no tenemos necesidad de oro ni de plata, y nos está prohibido tenerlo; venid á nuestro socorro, y os abandonaremos los despojos de nuestros enemigos; ¿crees tú que aquellos á quienes se hiciesen tales ofrecimientos, querrían más hacer la guerra á perros flacos y robustos, que unirse á ellos contra un ganado gordo y delicado? —No lo creo; pero si algún Estado vecino reúne de esa manera todas las riquezas de los demás, temo que se haga temible al nuestro. — dichoso tú, que crees que el nombre de Estado pueda convenir á otro que al que nosotros formamos! —¿Por qué no? —Es preciso dar á los demás un nombre de significación más extensa; porque cada uno de ellos no es uno sino muchos (1), como se dice en el juego. Por lo menos encierra dos, que se hacen la guerra: el uno compuesto de ricos, el otro compuesto de pobres; y cada uno de ellos se subdivide en otros muchos. Si los atacas á todos, como si formaran un solo Estado, no conseguirías tu objeto; pero si consideras cada uno de estos Estados como compuesto de muchos, y abandonas las riquezas á los unos, el poder y la vida á los otros, tendrás siempre muchos aliados y pocos enemigos. Todo Estado gobernado por leyes sabias, como las nuestras, será muy grande, no digo en apariencia, sino en realidad, aún cuando no pueda poner sobre las armas más que mil combatientes. Con dificultad encontrarás otro mayor entre los griegos y los bárbaros, aunque haya muchos que parezcan serlo. ¿Crees tú lo contrarío ? —No, seguramente. —Ya tenemos fijado el límite más perfecto, que nuestros magistrados pueden poner al acrecentamiento del Estado y de su territorio, el cual no deben traspasar nunca. —¿Cuál es ese límite? —Es á mi juicio el dejarle agrandar cuanto pueda ser, pero sin que jamás deje de ser uno con perjuicio de la unidad. —Muy bien. —Y así ordenaremos á nuestros magistrados que obren de tal manera, que el Estado no parezca grande ni pequeño, sino que debe permanecer en un justo medio y siempre uno. —Eso no es de mucha importancia. —De menos es lo que arríbales recomendamos, cuando dijimos que era preciso hacer descender á la condición más humilde al hijo degenerado del guerrero, y elevar al rango de los guerreros á los hijos de baja condición, que se hiciesen dignos de ello. Quisimos por este medio hacerles entender, que cada ciudadano sólo debe aplicarse á una cosa, aquella para la que ha nacido, á fin de que cada particular, ajustándose á la profesión que le conviene, sea uno; para que el Estado sea también uno, y no haya ni muchos ciudadanos en un solo ciudadano, ni muchos Estados en un solo Estado. ¿Cuál es el propósito principal al formar un Estado según el texto?
a) Proporcionar felicidad a un cierto orden de ciudadanos.
b) Buscar la justicia en un Estado bien constituido.
c) Garantizar la felicidad del Estado en su conjunto
d) Mantener el patrimonio de un pequeño número de particulares.
6.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
3 mins • 9 pts
LA REPÚBLICA ( PLATÓN)
Que de todos modos, al formar un Estado, no nos hemos propuesto como fin la felicidad de un cierto orden de ciudadanos, sino la del Estado entero, porque hemos creído deber encontrar la justicia en un Estado gobernado de esta manera, y la injusticia en un Estado mal constituido, y por medio de este descubrimiento ponernos suposición de decidir la cuestión que es objeto de nuestra polémica. Ahora bien, en este momento nuestra tarea consiste en fundar un gobierno dichoso, á nuestro parecer por lo menos, un Estado, en el que la felicidad no sea patrimonio de un pequeño número de particulares, sino común á toda la sociedad. Examinaremos bien pronto la forma de gobierno que se opone á esta. Si nos ocupa- ramos en pintar estátuas, y alguno nos objetara que no empleábamos los más bellos colores para pintar las más bellas partes del cuerpo, por ejemplo, que no pintábamos los ojos con bermellón sino con negro, creeríamos responder cumplidamente á este censor, diciéndole: no te imagines que nosotros hablamos de pintar los ojos tan bellos, que dejaran de ser ojos, y lo que digo de esta parte del cuerpo debe entenderse de todas las demás, y así lo que debes examinar es si damos á cada parte el color que le conviene, de suerte que resulte un conjunto perfecto. Eso le diría; y ahora te digo á tí otro tanto. No nos obligues á hacer que vaya unida á la condición de nuestros guer- reros una felicidad, que les haría dejar de ser lo que son. Podríamos, si quisiéramos vestir nuestros labradores con trajes talares, cargar sus vestidos de oro y no hacerles trabajar la tierra sino por placer. Podríamos acostar al alfarero al pie de su horno, cerca de su rueda, en reposo, comiendo y bebiendo anchamente, y con la libertad de trabajar cuando quisiera. Podríamos hacer dichosos de la misma manera á todos los de las demás condiciones, para que el Estado entero gozase de una perfecta felicidad; pero no nos des semejante consejo, porque si le siguiésemos, el labrador cosaria de ser labrador, el alfarero de ser alfarero ; cada cual saldría de su condición, j no habría ya sociedad. Además, que los otros artesanos se mantengan ó no en sus respectivos oficios, no es negocio de gran importancia; que el zapatero sea mal zapatero, que se deje corromper, ó que alguno se tenga por zapatero sin serlo, el público no sufrirá por esto un gran daño. Pero si los que están designados para guardar el Estado y las leyes, sólo son guardadores en el nombre, ya conoces que conducirán la república á su ruina, porque de ellos es de quienes depende su buena administración y su felicidad. Por consiguiente, si queremos formar buenos guardadores, pongámoslos en la imposibilidad de dañar en lo más mínimo á la comunidad. El que sea de otro dictamen y quiera hacer de ellos labradores ó alegres convi- dados á una fiesta pública, tendrá en cuenta todo lo que requiera ménos la idea de un Estado. Por lo tanto, veamos si nuestro propósito, al establecer la clase de los guerreros, es proporcionarles la mayor felicidad posible, ó si es más bien el proveer á la felicidad de todo el Estado, y de convencer y precisar á los guardadores y defensores de la patria, como á todos los demás ciudadanos, á que cumplan lo mejor posible la tarea que les está asignada; de suerte que cuando el Estado se haya robustecido y esté bien ad- ministrado, todos participarán de la felicidad pública, unos más, otros menos, según la calidad de su empleo. —Lo que dices me parece muy sensato. —No sé si este otro razonamiento, que es del mismo género, te parecerá menos exacto. —¿De qué se trata? —Mira si lo que voy á decir no es lo que pierde y cor- rompe de ordinario á los artesanos. —¿Qué es lo que les pierde? •—La opulencia y la pobreza. —¿ Cómo ? —De la manera siguiente: el alfarero, si se hace rico, ¿se ocupará mucho de su oficio? —No. —Se hará, por lo tanto, cada día más holgazán y más negligente. —Sin duda. —Y por consiguiente, peor alfarero. -Sí. —Por otra parte, si la pobreza le quita los medios de proporcionarse instrumentos y todo lo necesario para su arte, se resentirá su trabajo, y sus hijos y los demás obreros á quienes él enseñe serán menos hábiles. —Es cierto. —Y así, las riquezas y la pobreza dañan igualmente á las artes y á los que las ejercen. —Así parece. —Hé aquí descosas en que nuestros magistrados deberán poner gran cuidado, para que no entren en nuestro Estado. —¿Cuáles son? —La opulencia y la pobreza, porque la una engendra la molicie, la holgazanería y el amor á las novedades; y la otra este mismo amor á las novedades, la bajeza y el deseo de hacer mal. —Convengo en ello; pero Sócrates, te suplico, que fijes tu atención en una cosa. ¿Cómo podrá nuestro Estado sostener la guerra, si no tiene tesoros, sobre todo, si tiene que habérselas con una república rica y poderosa? —Es cierto que habrá dificultad para defenderse contra una sola; pero se defenderá más fácilmente contra dos. —¿Qué es lo que dices? —Por lo pronto, si es preciso venir á las manos, nue tras gentes, ejercitadas en la guerra, ¿no tienen que habérselas con enemigos ricos? -Sí. —Pero, Adimanto, un luchador ejercitado ¿no vencerá fácilmente á dos adversarios ricos y obesos? —No, si ha de habérselas con los dos á la vez. — ¡Qué! si tuviese libertad para huir y pudiere herir, volviéndose, al que le siguiese más de cerca, y si emplease muchas veces esta estrategia á la luz del sol y en medio de un calor ardiente, ¿le seria difícil batir á muchos, unos en pos de otros? —Verdaderamente no tendría nada de extraño. —¿Crees tú que los ricos, de que hablamos, estén más ejercitados en la lucha que en la guerra? —No lo creo. —Por consiguiente, á lo que parece, nuestros atletas se batirán sin dificultad contra un ejército de ricos dos ó tres veces más numeroso. —Estoy conforme, porque me parece que tienes razón. —Y si pidiesen socorro á los habitantes de un Estado vecino, diciéndoles lo que es verdad: nosotros no tenemos necesidad de oro ni de plata, y nos está prohibido tenerlo; venid á nuestro socorro, y os abandonaremos los despojos de nuestros enemigos; ¿crees tú que aquellos á quienes se hiciesen tales ofrecimientos, querrían más hacer la guerra á perros flacos y robustos, que unirse á ellos contra un ganado gordo y delicado? —No lo creo; pero si algún Estado vecino reúne de esa manera todas las riquezas de los demás, temo que se haga temible al nuestro. — dichoso tú, que crees que el nombre de Estado pueda convenir á otro que al que nosotros formamos! —¿Por qué no? —Es preciso dar á los demás un nombre de significación más extensa; porque cada uno de ellos no es uno sino muchos (1), como se dice en el juego. Por lo menos encierra dos, que se hacen la guerra: el uno compuesto de ricos, el otro compuesto de pobres; y cada uno de ellos se subdivide en otros muchos. Si los atacas á todos, como si formaran un solo Estado, no conseguirías tu objeto; pero si consideras cada uno de estos Estados como compuesto de muchos, y abandonas las riquezas á los unos, el poder y la vida á los otros, tendrás siempre muchos aliados y pocos enemigos. Todo Estado gobernado por leyes sabias, como las nuestras, será muy grande, no digo en apariencia, sino en realidad, aún cuando no pueda poner sobre las armas más que mil combatientes. Con dificultad encontrarás otro mayor entre los griegos y los bárbaros, aunque haya muchos que parezcan serlo. ¿Crees tú lo contrarío ? —No, seguramente. —Ya tenemos fijado el límite más perfecto, que nuestros magistrados pueden poner al acrecentamiento del Estado y de su territorio, el cual no deben traspasar nunca. —¿Cuál es ese límite? —Es á mi juicio el dejarle agrandar cuanto pueda ser, pero sin que jamás deje de ser uno con perjuicio de la unidad. —Muy bien. —Y así ordenaremos á nuestros magistrados que obren de tal manera, que el Estado no parezca grande ni pequeño, sino que debe permanecer en un justo medio y siempre uno. —Eso no es de mucha importancia. —De menos es lo que arríbales recomendamos, cuando dijimos que era preciso hacer descender á la condición más humilde al hijo degenerado del guerrero, y elevar al rango de los guerreros á los hijos de baja condición, que se hiciesen dignos de ello. Quisimos por este medio hacerles entender, que cada ciudadano sólo debe aplicarse á una cosa, aquella para la que ha nacido, á fin de que cada particular, ajustándose á la profesión que le conviene, sea uno; para que el Estado sea también uno, y no haya ni muchos ciudadanos en un solo ciudadano, ni muchos Estados en un solo Estado. ¿Cuál es la preocupación principal respecto a la opulencia y la pobreza según el texto?
a) Generan desigualdad social.
b) Provocan una disminución en la calidad de las artes.
c) Contribuyen a la holgazanería y el deseo de hacer mal.
d) Impiden el adecuado ejercicio de las actividades artesanales.
7.
MULTIPLE CHOICE QUESTION
5 mins • 7 pts
LA REPÚBLICA ( PLATÓN)
Que de todos modos, al formar un Estado, no nos hemos propuesto como fin la felicidad de un cierto orden de ciudadanos, sino la del Estado entero, porque hemos creído deber encontrar la justicia en un Estado gobernado de esta manera, y la injusticia en un Estado mal constituido, y por medio de este descubrimiento ponernos suposición de decidir la cuestión que es objeto de nuestra polémica. Ahora bien, en este momento nuestra tarea consiste en fundar un gobierno dichoso, á nuestro parecer por lo menos, un Estado, en el que la felicidad no sea patrimonio de un pequeño número de particulares, sino común á toda la sociedad. Examinaremos bien pronto la forma de gobierno que se opone á esta. Si nos ocupa- ramos en pintar estátuas, y alguno nos objetara que no empleábamos los más bellos colores para pintar las más bellas partes del cuerpo, por ejemplo, que no pintábamos los ojos con bermellón sino con negro, creeríamos responder cumplidamente á este censor, diciéndole: no te imagines que nosotros hablamos de pintar los ojos tan bellos, que dejaran de ser ojos, y lo que digo de esta parte del cuerpo debe entenderse de todas las demás, y así lo que debes examinar es si damos á cada parte el color que le conviene, de suerte que resulte un conjunto perfecto. Eso le diría; y ahora te digo á tí otro tanto. No nos obligues á hacer que vaya unida á la condición de nuestros guer- reros una felicidad, que les haría dejar de ser lo que son. Podríamos, si quisiéramos vestir nuestros labradores con trajes talares, cargar sus vestidos de oro y no hacerles trabajar la tierra sino por placer. Podríamos acostar al alfarero al pie de su horno, cerca de su rueda, en reposo, comiendo y bebiendo anchamente, y con la libertad de trabajar cuando quisiera. Podríamos hacer dichosos de la misma manera á todos los de las demás condiciones, para que el Estado entero gozase de una perfecta felicidad; pero no nos des semejante consejo, porque si le siguiésemos, el labrador cosaria de ser labrador, el alfarero de ser alfarero ; cada cual saldría de su condición, j no habría ya sociedad. Además, que los otros artesanos se mantengan ó no en sus respectivos oficios, no es negocio de gran importancia; que el zapatero sea mal zapatero, que se deje corromper, ó que alguno se tenga por zapatero sin serlo, el público no sufrirá por esto un gran daño. Pero si los que están designados para guardar el Estado y las leyes, sólo son guardadores en el nombre, ya conoces que conducirán la república á su ruina, porque de ellos es de quienes depende su buena administración y su felicidad. Por consiguiente, si queremos formar buenos guardadores, pongámoslos en la imposibilidad de dañar en lo más mínimo á la comunidad. El que sea de otro dictamen y quiera hacer de ellos labradores ó alegres convi- dados á una fiesta pública, tendrá en cuenta todo lo que requiera ménos la idea de un Estado. Por lo tanto, veamos si nuestro propósito, al establecer la clase de los guerreros, es proporcionarles la mayor felicidad posible, ó si es más bien el proveer á la felicidad de todo el Estado, y de convencer y precisar á los guardadores y defensores de la patria, como á todos los demás ciudadanos, á que cumplan lo mejor posible la tarea que les está asignada; de suerte que cuando el Estado se haya robustecido y esté bien ad- ministrado, todos participarán de la felicidad pública, unos más, otros menos, según la calidad de su empleo. —Lo que dices me parece muy sensato. —No sé si este otro razonamiento, que es del mismo género, te parecerá menos exacto. —¿De qué se trata? —Mira si lo que voy á decir no es lo que pierde y cor- rompe de ordinario á los artesanos. —¿Qué es lo que les pierde? •—La opulencia y la pobreza. —¿ Cómo ? —De la manera siguiente: el alfarero, si se hace rico, ¿se ocupará mucho de su oficio? —No. —Se hará, por lo tanto, cada día más holgazán y más negligente. —Sin duda. —Y por consiguiente, peor alfarero. -Sí. —Por otra parte, si la pobreza le quita los medios de proporcionarse instrumentos y todo lo necesario para su arte, se resentirá su trabajo, y sus hijos y los demás obreros á quienes él enseñe serán menos hábiles. —Es cierto. —Y así, las riquezas y la pobreza dañan igualmente á las artes y á los que las ejercen. —Así parece. —Hé aquí descosas en que nuestros magistrados deberán poner gran cuidado, para que no entren en nuestro Estado. —¿Cuáles son? —La opulencia y la pobreza, porque la una engendra la molicie, la holgazanería y el amor á las novedades; y la otra este mismo amor á las novedades, la bajeza y el deseo de hacer mal. —Convengo en ello; pero Sócrates, te suplico, que fijes tu atención en una cosa. ¿Cómo podrá nuestro Estado sostener la guerra, si no tiene tesoros, sobre todo, si tiene que habérselas con una república rica y poderosa? —Es cierto que habrá dificultad para defenderse contra una sola; pero se defenderá más fácilmente contra dos. —¿Qué es lo que dices? —Por lo pronto, si es preciso venir á las manos, nue tras gentes, ejercitadas en la guerra, ¿no tienen que habérselas con enemigos ricos? -Sí. —Pero, Adimanto, un luchador ejercitado ¿no vencerá fácilmente á dos adversarios ricos y obesos? —No, si ha de habérselas con los dos á la vez. — ¡Qué! si tuviese libertad para huir y pudiere herir, volviéndose, al que le siguiese más de cerca, y si emplease muchas veces esta estrategia á la luz del sol y en medio de un calor ardiente, ¿le seria difícil batir á muchos, unos en pos de otros? —Verdaderamente no tendría nada de extraño. —¿Crees tú que los ricos, de que hablamos, estén más ejercitados en la lucha que en la guerra? —No lo creo. —Por consiguiente, á lo que parece, nuestros atletas se batirán sin dificultad contra un ejército de ricos dos ó tres veces más numeroso. —Estoy conforme, porque me parece que tienes razón. —Y si pidiesen socorro á los habitantes de un Estado vecino, diciéndoles lo que es verdad: nosotros no tenemos necesidad de oro ni de plata, y nos está prohibido tenerlo; venid á nuestro socorro, y os abandonaremos los despojos de nuestros enemigos; ¿crees tú que aquellos á quienes se hiciesen tales ofrecimientos, querrían más hacer la guerra á perros flacos y robustos, que unirse á ellos contra un ganado gordo y delicado? —No lo creo; pero si algún Estado vecino reúne de esa manera todas las riquezas de los demás, temo que se haga temible al nuestro. — dichoso tú, que crees que el nombre de Estado pueda convenir á otro que al que nosotros formamos! —¿Por qué no? —Es preciso dar á los demás un nombre de significación más extensa; porque cada uno de ellos no es uno sino muchos (1), como se dice en el juego. Por lo menos encierra dos, que se hacen la guerra: el uno compuesto de ricos, el otro compuesto de pobres; y cada uno de ellos se subdivide en otros muchos. Si los atacas á todos, como si formaran un solo Estado, no conseguirías tu objeto; pero si consideras cada uno de estos Estados como compuesto de muchos, y abandonas las riquezas á los unos, el poder y la vida á los otros, tendrás siempre muchos aliados y pocos enemigos. Todo Estado gobernado por leyes sabias, como las nuestras, será muy grande, no digo en apariencia, sino en realidad, aún cuando no pueda poner sobre las armas más que mil combatientes. Con dificultad encontrarás otro mayor entre los griegos y los bárbaros, aunque haya muchos que parezcan serlo. ¿Crees tú lo contrarío ? —No, seguramente. —Ya tenemos fijado el límite más perfecto, que nuestros magistrados pueden poner al acrecentamiento del Estado y de su territorio, el cual no deben traspasar nunca. —¿Cuál es ese límite? —Es á mi juicio el dejarle agrandar cuanto pueda ser, pero sin que jamás deje de ser uno con perjuicio de la unidad. —Muy bien. —Y así ordenaremos á nuestros magistrados que obren de tal manera, que el Estado no parezca grande ni pequeño, sino que debe permanecer en un justo medio y siempre uno. —Eso no es de mucha importancia. —De menos es lo que arríbales recomendamos, cuando dijimos que era preciso hacer descender á la condición más humilde al hijo degenerado del guerrero, y elevar al rango de los guerreros á los hijos de baja condición, que se hiciesen dignos de ello. Quisimos por este medio hacerles entender, que cada ciudadano sólo debe aplicarse á una cosa, aquella para la que ha nacido, á fin de que cada particular, ajustándose á la profesión que le conviene, sea uno; para que el Estado sea también uno, y no haya ni muchos ciudadanos en un solo ciudadano, ni muchos Estados en un solo Estado. ¿Qué estrategia se sugiere para defender el Estado contra enemigos ricos según el texto?
a) Buscar alianzas con otros Estados poderosos.
b) Acumular riquezas y recursos.
c) Utilizar la superioridad militar y táctica.
d) Aceptar la sumisión a Estados más poderosos.
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