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WorksheetsTERCER EXAMEN
Total questions: 88
Worksheet time: 44mins
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Lea el texto y responda las preguntas relacionadas.
Caminar en la ciudad no es un lujo
Mueren las palmas, pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos conjuntos inmobiliarios sin contar con vía de acceso ni infraestructura hidráulica suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran organismos arbóreos cuyo crecimiento nadie garantiza.
Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire daña nuestra salud y no tenemos ni la mitad de las áreas verdes necesarias según la OMS. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad. Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios, maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.
Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias. Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan esconder.
Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas deficiencias sin que gobiernos locales o central. Nos den una respuesta integral constructiva. Así persiste la especulación, inmobiliaria, acompañada de despojo y daños ambientales, crece la presencia del crimen organizado en diversas delegaciones, ante autoridades negligentes. Son ignorados los efectos nefastos de la quema de combustóleo en la salud de la metrópoli, continúa la degradación del metro, sin elevadores, sin escaleras, eléctricas, funcionales, con pasillos, saturados, de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo
de 46 millones de personas al día, se tolera la contaminación y desorden de autobuses y micros que “echan carreras” entre sí, someten a millones más a viajar hacinados.
El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud ha opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por quienes deberían favorecer
una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas, tiendas con bocinas externas, patrullas... impiden el descanso nocturno, la concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.
Los problemas del transporte público y privado también han opacado los obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay que ser osada para atravesar ante un río de autos también hay que cuidarse en las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar, escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.
Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones. Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían salir de su burbuja y anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.
1. En la Ciudad de México _______________, según _____________.
a) deben construirse rampas para gente con problemas de movilidad-
los gobiernos locales
falta más del 50% de las áreas verdes que se requieren-
la OMS
está contaminado el aire que se respira la mayor parte del año-
Jimena de Gortari
Lea el texto y responda las preguntas relacionadas.
Caminar en la ciudad no es un lujo
Mueren las palmas, pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos conjuntos inmobiliarios sin contar con vía de acceso ni infraestructura hidráulica suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran organismos arbóreos cuyo crecimiento nadie garantiza.
Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire daña nuestra salud y no tenemos ni la mitad de las áreas verdes necesarias según la OMS. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad. Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios, maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.
Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias. Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan esconder.
Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas deficiencias sin que gobiernos locales o central. Nos den una respuesta integral constructiva. Así persiste la especulación, inmobiliaria, acompañada de despojo y daños ambientales, crece la presencia del crimen organizado en diversas delegaciones, ante autoridades negligentes. Son ignorados los efectos nefastos de la quema de combustóleo en la salud de la metrópoli, continúa la degradación del metro, sin elevadores, sin escaleras, eléctricas, funcionales, con pasillos, saturados, de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo
de 46 millones de personas al día, se tolera la contaminación y desorden de autobuses y micros que “echan carreras” entre sí, someten a millones más a viajar hacinados.
El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud ha opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por quienes deberían favorecer
una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas, tiendas con bocinas externas, patrullas... impiden el descanso nocturno, la concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.
Los problemas del transporte público y privado también han opacado los obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay que ser osada para atravesar ante un río de autos también hay que cuidarse en las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar, escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.
Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones. Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían salir de su burbuja y anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.
2. Según el texto, la relación entre las condiciones en las que se traslada la gente en el transporte público y el hecho de no poder conciliar el sueño debido al ruido son…
Ejemplos de degradación del espacio público que inciden en la calidad de vida y en el ámbito social.
dificultades comunes en las grandes urbes como la Ciudad de México, según lo señalado por Jimena de Gortari.
problemas que las autoridades locales pretenden solucionar, ya que son condiciones que mejorarán la calidad de vida.
.Lea el texto y responda las preguntas relacionadas.
Caminar en la ciudad no es un lujo
Mueren las palmas, pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos conjuntos inmobiliarios sin contar con vía de acceso ni infraestructura hidráulica suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran organismos arbóreos cuyo crecimiento nadie garantiza.
Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire daña nuestra salud y no tenemos ni la mitad de las áreas verdes necesarias según la OMS. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad. Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios, maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.
Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias. Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan esconder.
Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas deficiencias sin que gobiernos locales o central. Nos den una respuesta integral constructiva. Así persiste la especulación, inmobiliaria, acompañada de despojo y daños ambientales, crece la presencia del crimen organizado en diversas delegaciones, ante autoridades negligentes. Son ignorados los efectos nefastos de la quema de combustóleo en la salud de la metrópoli, continúa la degradación del metro, sin elevadores, sin escaleras, eléctricas, funcionales, con pasillos, saturados, de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo de 46 millones de personas al día, se tolera la contaminación y desorden de autobuses y micros que “echan carreras” entre sí, someten a millones más a viajar hacinados.
El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud ha opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por quienes deberían favorecer
una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas, tiendas con bocinas externas, patrullas... impiden el descanso nocturno, la concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.
Los problemas del transporte público y privado también han opacado los obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay que ser osada para atravesar ante un río de autos también hay que cuidarse en las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar, escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.
Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones. Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían salir de su burbuja y anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.
De acuerdo con el texto, __________ y _________ han señalado gran cantidad de fallas en la Ciudad de México, sin que haya una solución real.
la ciudadanía
-la autoridad local
el gobierno central-
Jimena de Gortari
la percepción popular-
los medios de comunicación
Caminar en la ciudad no es un lujo
Mueren las palmas, pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos conjuntos inmobiliarios sin contar con vía de acceso ni infraestructura hidráulica suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran organismos arbóreos cuyo crecimiento nadie garantiza.
Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire daña nuestra salud y no tenemos ni la mitad de las áreas verdes necesarias según la OMS. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad. Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios, maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.
Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias. Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan esconder.
Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas deficiencias sin que gobiernos locales o central. Nos den una respuesta integral constructiva. Así persiste la especulación, inmobiliaria, acompañada de despojo y daños ambientales, crece la presencia del crimen organizado en diversas delegaciones, ante autoridades negligentes. Son ignorados los efectos nefastos de la quema de combustóleo en la salud de la metrópoli, continúa la degradación del metro, sin elevadores, sin escaleras, eléctricas, funcionales, con pasillos, saturados, de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo de 46 millones de personas al día, se tolera la contaminación y desorden de autobuses y micros que “echan carreras” entre sí, someten a millones más a viajar hacinados.
El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud ha opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por quienes deberían favorecer
una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas, tiendas con bocinas externas, patrullas... impiden el descanso nocturno, la concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.
Los problemas del transporte público y privado también han opacado los obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay que ser osada para atravesar ante un río de autos también hay que cuidarse en las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar, escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.
Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones. Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían salir de su burbuja y anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.
Según lo dicho por Lucía Melgar, ¿qué acción se necesita llevar a cabo para que se pueda caminar bien en la ciudad?
Crear un mayor número de parques recreativos
Aumentar la extensión de áreas para correr.
Limitar las vías de circulación de automóviles.
.Lea el texto y responda las preguntas relacionadas.
Caminar en la ciudad no es un lujo
Mueren las palmas, pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos conjuntos inmobiliarios sin contar con vía de acceso ni infraestructura hidráulica suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran organismos arbóreos cuyo crecimiento nadie garantiza.
Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire daña nuestra salud y no tenemos ni la mitad de las áreas verdes necesarias según la OMS. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad. Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios, maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.
Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias. Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan esconder.
Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas deficiencias sin que gobiernos locales o central. Nos den una respuesta integral constructiva. Así persiste la especulación, inmobiliaria, acompañada de despojo y daños ambientales, crece la presencia del crimen organizado en diversas delegaciones, ante autoridades negligentes. Son ignorados los efectos nefastos de la quema de combustóleo en la salud de la metrópoli, continúa la degradación del metro, sin elevadores, sin escaleras, eléctricas, funcionales, con pasillos, saturados, de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo de 46 millones de personas al día, se tolera la contaminación y desorden de autobuses y micros que “echan carreras” entre sí, someten a millones más a viajar hacinados.
El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud ha opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por quienes deberían favorecer
una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas, tiendas con bocinas externas, patrullas... impiden el descanso nocturno, la concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.
Los problemas del transporte público y privado también han opacado los obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay que ser osada para atravesar ante un río de autos también hay que cuidarse en las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar, escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.
Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones. Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían salir de su burbuja y anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.
Lucía Melgar sugiere que las autoridades locales deberían sentir la ciudad como si fueran personas a pie porque considera que…
la deforestación les será evidente al recorrer los escasos parques y áreas verdes que subsisten, lo cual perjudica los niveles de la calidad del aire.
la empatía es necesaria con los peatones para que puedan resolverse de manera efectiva los asuntos pendientes en materia de movilidad.
el conocimiento del espacio público permitirá la construcción de rampas óptimas para personas con discapacidad motriz y lograr la inclusión.
Lea el texto y responda las preguntas relacionadas.
Caminar en la ciudad no es un lujo
Mueren las palmas, pero plantaron un ahuehuete. Se construyen inmensos conjuntos inmobiliarios sin contar con vía de acceso ni infraestructura hidráulica suficientes, se multiplican las cadenas de tiendas que acaban con el pequeño comercio local, se subsidia la gasolina sin mejorar el transporte público, se toleran altos niveles de contaminación y ruido sin preocuparse por sus nefastos efectos en la salud. Se derriban árboles frondosos y se siembran organismos arbóreos cuyo crecimiento nadie garantiza.
Eso sí, se promueve la bicicleta y se invita a la ciudadanía a hacer ejercicio. No importa si 65% del año la contaminación del aire daña nuestra salud y no tenemos ni la mitad de las áreas verdes necesarias según la OMS. Tampoco importa si las banquetas parecen campos minados y no se ha concretado la supuesta intención inclusiva que implicaría construir rampas para sillas de ruedas o el paso de personas con problemas de movilidad. Abandonada por autoridades que despilfarran recursos y, desde hace sexenios, maquillan los mismos problemas con acciones desconectadas y propaganda engañosa, la Ciudad de México es una urbe hostil.
Las ciudades son entes vivos, espacios habitados por diversidad de personas que en ellas hacen su vida en condiciones contrastantes, para muchas precarias. Nuestra capital, un monstruo por su tamaño, su desigualdad y sus problemas de infraestructura (vivienda, agua, salud, transporte), enfrenta hoy el reto de la inseguridad creciente, que las autoridades de cualquier color niegan o buscan esconder.
Los medios y la opinión pública han señalado muchas de estas deficiencias sin que gobiernos locales o central. Nos den una respuesta integral constructiva. Así persiste la especulación, inmobiliaria, acompañada de despojo y daños ambientales, crece la presencia del crimen organizado en diversas delegaciones, ante autoridades negligentes. Son ignorados los efectos nefastos de la quema de combustóleo en la salud de la metrópoli, continúa la degradación del metro, sin elevadores, sin escaleras, eléctricas, funcionales, con pasillos, saturados, de puestos, retrasos e inundaciones, a costa de la seguridad y tiempo de 46 millones de personas al día, se tolera la contaminación y desorden de autobuses y micros que “echan carreras” entre sí, someten a millones más a viajar hacinados.
El deterioro más evidenciado de aire, agua, seguridad, transporte y salud ha opacado otras degradaciones del espacio público que también inciden en la calidad de vida y en las posibilidades de sociabilidad en nuestra capital. El exceso de ruido, documentado entre otras por Jimena de Gortari, quien ha advertido sobre los daños de esta contaminación a la salud física y mental de todos, es una de las características de una macro-urbe descuidada por la propia ciudadanía y por quienes deberían favorecer
una convivencia respetuosa. Antros, fiestas privadas, tiendas con bocinas externas, patrullas... impiden el descanso nocturno, la concentración en la escuela y el trabajo, la simple necesidad del silencio.
Los problemas del transporte público y privado también han opacado los obstáculos que enfrentan quienes caminan de su casa a la escuela, el trabajo o el mercado, o cruzan calles y avenidas. Ser peatón en la Ciudad de México es un peligro. Los conductores de vehículos se creen dueños únicos de las calles, los cruces están mal regulados, el reglamento de tránsito es un papel mojado. Si hay que ser osada para atravesar ante un río de autos también hay que cuidarse en las aceras mismas. Rotas, desniveladas, minadas de tubos a medio cortar, escalones inesperados, o tomadas por puestos callejeros que limitan el paso, las banquetas son evidencia cotidiana del descuido de la ciudad.
Caminar, por necesidad o placer, no es un lujo ni una actividad despreciable. Ir a pie favorece al medio ambiente y la salud. Pasear permite conocer y apreciar la ciudad, con-vivir con personas distintas, conocer la realidad cotidiana de millones. Si las autoridades locales en verdad pretenden mejorar nuestra vida, bien podrían salir de su burbuja y anónimas, aventurarse a pie, oír, respirar, mirar nuestras calles. Ojalá no se tropiecen ni sufran otros percances.
¿Cuál es la postura de la autora respecto a la movilidad?
Considera que es un derecho ciudadano.
Piensa que es una obligación comunitaria.
Cree que es una responsabilidad individual
EL CADÁVER
Jane Goodall, investigadora de la conducta social de los monos, refiere la actitud de una mona ante la muerte de su bebé durante una epidemia de poliomielitis. Por un tiempo lo acarreó pero, al constatar su inercia, lo arrojó a un matorral y prosiguió sus actividades. Goodall comenta que esta actitud frente a la muerte señala una clara diferencia con los humanos, para quienes sus muertos no son meros objetos. En realidad, ya sea por temores supersticiosos, porque ya han dejado de competirnos, o por mil y una razones más, las personas suelen ser más respetadas cuando muertas que cuando vivas. Antiguamente, dos ejércitos que momentos antes habían cometido todo tipo de atrocidades por matarse mutuamente, hacían una tregua para recoger a sus muertos. Algunos pueblos enterraban a sus héroes de pie. En muchas culturas se los colocaba en posición fetal, para que regresaran al antro materno. En la tumba de Palenque, el interior del sarcófago no sólo tiene forma de útero, sino que se encontraba pintado de rojo para aumentar la semejanza con este órgano (Matos Moctezuma, 1987).
Otros pueblos ponían una moneda en la boca de sus muertos, para que pudieran pagar el traslado al otro mundo, o colocaban en la tumba reliquias de santos para que los protegieran en el Más Allá. De acuerdo con el Evangelio de Mateo, Jesús ordenó comer el pan y beber el vino ceremonial que simbolizarían a su cuerpo, como condición para ser resucitado el último día y acceder a la vida eterna. Por el contrario, hay sociedades que niegan un lugar en el cementerio 1 a los traidores a la patria, los comediantes, las prostitutas y los suicidas; otras aceptan enterrarlos, pero boca abajo, o contra los muros.
Así como la muerte está íntimamente imbricada con todas las etapas de la vida, tampoco hay un momento en que se pase en forma neta de ser vivo a cadáver. "Morimos gradualmente y por pedazos", decía hace cuatro siglos Ambroise Paré, y hoy los cirujanos se apresuran a extirpar órganos de cadáveres recientes, porque todavía se encuentran vivos y pueden salvar la vida de un semejante... y no tan semejante, pues a veces se toman de animales.
Esa muerte gradual hace que muchas veces quepan dudas sobre si alguien está realmente muerto, circunstancia que aconseja esperar cierto tiempo antes de enterrarlo o incinerarlo. Según Heródoto, Padre de la Historia, quien vivió hace 2500 años, los persas enterraban a sus cadáveres cuando los olores pestilentes atraían a las aves de presa. Hace 2400 años Licurgo obligaba a los espartanos a retener 11 días sus cadáveres. Platón pedía que se esperaran tres días y los romanos requerían de una semana a nueve días. Cuando muere un papa, el cardenal camarlengo se cerciora de su muerte golpeándole tres veces la frente, mientras lo llama por su nombre de bautismo (por si olvidó que al ascender al papado había adoptado uno distinto). El temor de ser enterrado vivo llevó a ciertas personas aprensivas a estipular en sus testamentos que, antes de enterrarlos, se les clavara una daga en el corazón, o se les enterrara en una tumba con un cordel sujeto a una campana, que harían sonar en caso de despertar.
Los restos a veces son dislocados para distribuir las reliquias y multiplicar así los elementos del poder religioso o del poder político: durante el siglo XVII los cuerpos de los reyes franceses descansaban en Saint-Denis, sus vísceras en Notre-Dame y sus corazones en Valde Grâce (Thomas, 1989). Para que no se perdiera ni la más pequeña parte del muerto, en el antiguo Egipto, los trapos manchados, hisopos sucios, los tejidos que habían tenido contacto directo con el cadáver y aun lo que se barría del suelo, se depositaba en distintos jarros. Lo que se hace con el cadáver se adapta también a las condiciones sociales. Así, los pueblos nómadas no suelen enterrar a sus muertos, sino que los incineran.
Un resto humano que siempre trajo problemas religiosos teórico-prácticos ha sido la placenta. ¿Qué hacer con ella? Muchos animales, aun los no carnívoros, se la comen. El patólogo F. González-Crussi (1995) refiere que, de un conjunto de más de trescientas culturas humanas investigadas, sólo siete parecían indiferentes a lo que se hiciera con ella.
1.- Las costumbres funerarias fueron muy diversas entre las diferentes culturas; por ejemplo, en la Antigüedad clásica los ___________ acostumbraban a deshacerse de los cadáveres después de 11 días, en cambio, ___________ los cuerpos regios se dislocaban y se mandaban a diferentes lugares religiosos.
A) espartanos - en los años 1600
A) romanos - hace 2 500 añoS
A) persas - hace 2 400 años
EL CADÁVER
Jane Goodall, investigadora de la conducta social de los monos, refiere la actitud de una mona ante la muerte de su bebé durante una epidemia de poliomielitis. Por un tiempo lo acarreó pero, al constatar su inercia, lo arrojó a un matorral y prosiguió sus actividades. Goodall comenta que esta actitud frente a la muerte señala una clara diferencia con los humanos, para quienes sus muertos no son meros objetos. En realidad, ya sea por temores supersticiosos, porque ya han dejado de competirnos, o por mil y una razones más, las personas suelen ser más respetadas cuando muertas que cuando vivas. Antiguamente, dos ejércitos que momentos antes habían cometido todo tipo de atrocidades por matarse mutuamente, hacían una tregua para recoger a sus muertos. Algunos pueblos enterraban a sus héroes de pie. En muchas culturas se los colocaba en posición fetal, para que regresaran al antro materno. En la tumba de Palenque, el interior del sarcófago no sólo tiene forma de útero, sino que se encontraba pintado de rojo para aumentar la semejanza con este órgano (Matos Moctezuma, 1987).
Otros pueblos ponían una moneda en la boca de sus muertos, para que pudieran pagar el traslado al otro mundo, o colocaban en la tumba reliquias de santos para que los protegieran en el Más Allá. De acuerdo con el Evangelio de Mateo, Jesús ordenó comer el pan y beber el vino ceremonial que simbolizarían a su cuerpo, como condición para ser resucitado el último día y acceder a la vida eterna. Por el contrario, hay sociedades que niegan un lugar en el cementerio 1 a los traidores a la patria, los comediantes, las prostitutas y los suicidas; otras aceptan enterrarlos, pero boca abajo, o contra los muros.
Así como la muerte está íntimamente imbricada con todas las etapas de la vida, tampoco hay un momento en que se pase en forma neta de ser vivo a cadáver. "Morimos gradualmente y por pedazos", decía hace cuatro siglos Ambroise Paré, y hoy los cirujanos se apresuran a extirpar órganos de cadáveres recientes, porque todavía se encuentran vivos y pueden salvar la vida de un semejante... y no tan semejante, pues a veces se toman de animales.
Esa muerte gradual hace que muchas veces quepan dudas sobre si alguien está realmente muerto, circunstancia que aconseja esperar cierto tiempo antes de enterrarlo o incinerarlo. Según Heródoto, Padre de la Historia, quien vivió hace 2500 años, los persas enterraban a sus cadáveres cuando los olores pestilentes atraían a las aves de presa. Hace 2400 años Licurgo obligaba a los espartanos a retener 11 días sus cadáveres. Platón pedía que se esperaran tres días y los romanos requerían de una semana a nueve días. Cuando muere un papa, el cardenal camarlengo se cerciora de su muerte golpeándole tres veces la frente, mientras lo llama por su nombre de bautismo (por si olvidó que al ascender al papado había adoptado uno distinto). El temor de ser enterrado vivo llevó a ciertas personas aprensivas a estipular en sus testamentos que, antes de enterrarlos, se les clavara una daga en el corazón, o se les enterrara en una tumba con un cordel sujeto a una campana, que harían sonar en caso de despertar.
Los restos a veces son dislocados para distribuir las reliquias y multiplicar así los elementos del poder religioso o del poder político: durante el siglo XVII los cuerpos de los reyes franceses descansaban en Saint-Denis, sus vísceras en Notre-Dame y sus corazones en Valde Grâce (Thomas, 1989). Para que no se perdiera ni la más pequeña parte del muerto, en el antiguo Egipto, los trapos manchados, hisopos sucios, los tejidos que habían tenido contacto directo con el cadáver y aun lo que se barría del suelo, se depositaba en distintos jarros. Lo que se hace con el cadáver se adapta también a las condiciones sociales. Así, los pueblos nómadas no suelen enterrar a sus muertos, sino que los incineran.
Un resto humano que siempre trajo problemas religiosos teórico-prácticos ha sido la placenta. ¿Qué hacer con ella? Muchos animales, aun los no carnívoros, se la comen. El patólogo F. González-Crussi (1995) refiere que, de un conjunto de más de trescientas culturas humanas investigadas, sólo siete parecían indiferentes a lo que se hiciera con ella.
Algunas prácticas funerarias eran demasiado opuestas entre sí en cuanto al manejo del cuerpo, pues mientras en unas solo se encargaban de colocar _____________ dentro de las tumbas, en otras, como lo indica _____________ desmembraban y depositaban el cadáver en distintos centros religiosos.
ALIMENTOS- PARÉ
RELIQUIAS - THOMAS
JARROS-MOCTEZUMA
EL CADÁVER
Jane Goodall, investigadora de la conducta social de los monos, refiere la actitud de una mona ante la muerte de su bebé durante una epidemia de poliomielitis. Por un tiempo lo acarreó pero, al constatar su inercia, lo arrojó a un matorral y prosiguió sus actividades. Goodall comenta que esta actitud frente a la muerte señala una clara diferencia con los humanos, para quienes sus muertos no son meros objetos. En realidad, ya sea por temores supersticiosos, porque ya han dejado de competirnos, o por mil y una razones más, las personas suelen ser más respetadas cuando muertas que cuando vivas. Antiguamente, dos ejércitos que momentos antes habían cometido todo tipo de atrocidades por matarse mutuamente, hacían una tregua para recoger a sus muertos. Algunos pueblos enterraban a sus héroes de pie. En muchas culturas se los colocaba en posición fetal, para que regresaran al antro materno. En la tumba de Palenque, el interior del sarcófago no sólo tiene forma de útero, sino que se encontraba pintado de rojo para aumentar la semejanza con este órgano (Matos Moctezuma, 1987).
Otros pueblos ponían una moneda en la boca de sus muertos, para que pudieran pagar el traslado al otro mundo, o colocaban en la tumba reliquias de santos para que los protegieran en el Más Allá. De acuerdo con el Evangelio de Mateo, Jesús ordenó comer el pan y beber el vino ceremonial que simbolizarían a su cuerpo, como condición para ser resucitado el último día y acceder a la vida eterna. Por el contrario, hay sociedades que niegan un lugar en el cementerio 1 a los traidores a la patria, los comediantes, las prostitutas y los suicidas; otras aceptan enterrarlos, pero boca abajo, o contra los muros.
Así como la muerte está íntimamente imbricada con todas las etapas de la vida, tampoco hay un momento en que se pase en forma neta de ser vivo a cadáver. "Morimos gradualmente y por pedazos", decía hace cuatro siglos Ambroise Paré, y hoy los cirujanos se apresuran a extirpar órganos de cadáveres recientes, porque todavía se encuentran vivos y pueden salvar la vida de un semejante... y no tan semejante, pues a veces se toman de animales.
Esa muerte gradual hace que muchas veces quepan dudas sobre si alguien está realmente muerto, circunstancia que aconseja esperar cierto tiempo antes de enterrarlo o incinerarlo. Según Heródoto, Padre de la Historia, quien vivió hace 2500 años, los persas enterraban a sus cadáveres cuando los olores pestilentes atraían a las aves de presa. Hace 2400 años Licurgo obligaba a los espartanos a retener 11 días sus cadáveres. Platón pedía que se esperaran tres días y los romanos requerían de una semana a nueve días. Cuando muere un papa, el cardenal camarlengo se cerciora de su muerte golpeándole tres veces la frente, mientras lo llama por su nombre de bautismo (por si olvidó que al ascender al papado había adoptado uno distinto). El temor de ser enterrado vivo llevó a ciertas personas aprensivas a estipular en sus testamentos que, antes de enterrarlos, se les clavara una daga en el corazón, o se les enterrara en una tumba con un cordel sujeto a una campana, que harían sonar en caso de despertar.
Los restos a veces son dislocados para distribuir las reliquias y multiplicar así los elementos del poder religioso o del poder político: durante el siglo XVII los cuerpos de los reyes franceses descansaban en Saint-Denis, sus vísceras en Notre-Dame y sus corazones en Valde Grâce (Thomas, 1989). Para que no se perdiera ni la más pequeña parte del muerto, en el antiguo Egipto, los trapos manchados, hisopos sucios, los tejidos que habían tenido contacto directo con el cadáver y aun lo que se barría del suelo, se depositaba en distintos jarros. Lo que se hace con el cadáver se adapta también a las condiciones sociales. Así, los pueblos nómadas no suelen enterrar a sus muertos, sino que los incineran.
Un resto humano que siempre trajo problemas religiosos teórico-prácticos ha sido la placenta. ¿Qué hacer con ella? Muchos animales, aun los no carnívoros, se la comen. El patólogo F. González-Crussi (1995) refiere que, de un conjunto de más de trescientas culturas humanas investigadas, sólo siete parecían indiferentes a lo que se hiciera con ella.
De las siguientes opciones, ¿en qué documento se puede utilizar la información contenida en el texto?
Una revista de divulgación científica cuya finalidad es presentar datos curiosos sobre el tratamiento de los muertos en las civilizaciones antiguas
Un artículo de opinión que busca convencer de que una gran cantidad de prácticas funerarias en la religión cristiana tienen una fuerte influencia de elementos paganos
Un texto especializado que utiliza parte de la información del texto para analizar algunos hallazgos antropológicos de la península de Yucatán
EL CADÁVER
Jane Goodall, investigadora de la conducta social de los monos, refiere la actitud de una mona ante la muerte de su bebé durante una epidemia de poliomielitis. Por un tiempo lo acarreó pero, al constatar su inercia, lo arrojó a un matorral y prosiguió sus actividades. Goodall comenta que esta actitud frente a la muerte señala una clara diferencia con los humanos, para quienes sus muertos no son meros objetos. En realidad, ya sea por temores supersticiosos, porque ya han dejado de competirnos, o por mil y una razones más, las personas suelen ser más respetadas cuando muertas que cuando vivas. Antiguamente, dos ejércitos que momentos antes habían cometido todo tipo de atrocidades por matarse mutuamente, hacían una tregua para recoger a sus muertos. Algunos pueblos enterraban a sus héroes de pie. En muchas culturas se los colocaba en posición fetal, para que regresaran al antro materno. En la tumba de Palenque, el interior del sarcófago no sólo tiene forma de útero, sino que se encontraba pintado de rojo para aumentar la semejanza con este órgano (Matos Moctezuma, 1987).
Otros pueblos ponían una moneda en la boca de sus muertos, para que pudieran pagar el traslado al otro mundo, o colocaban en la tumba reliquias de santos para que los protegieran en el Más Allá. De acuerdo con el Evangelio de Mateo, Jesús ordenó comer el pan y beber el vino ceremonial que simbolizarían a su cuerpo, como condición para ser resucitado el último día y acceder a la vida eterna. Por el contrario, hay sociedades que niegan un lugar en el cementerio 1 a los traidores a la patria, los comediantes, las prostitutas y los suicidas; otras aceptan enterrarlos, pero boca abajo, o contra los muros.
Así como la muerte está íntimamente imbricada con todas las etapas de la vida, tampoco hay un momento en que se pase en forma neta de ser vivo a cadáver. "Morimos gradualmente y por pedazos", decía hace cuatro siglos Ambroise Paré, y hoy los cirujanos se apresuran a extirpar órganos de cadáveres recientes, porque todavía se encuentran vivos y pueden salvar la vida de un semejante... y no tan semejante, pues a veces se toman de animales.
Esa muerte gradual hace que muchas veces quepan dudas sobre si alguien está realmente muerto, circunstancia que aconseja esperar cierto tiempo antes de enterrarlo o incinerarlo. Según Heródoto, Padre de la Historia, quien vivió hace 2500 años, los persas enterraban a sus cadáveres cuando los olores pestilentes atraían a las aves de presa. Hace 2400 años Licurgo obligaba a los espartanos a retener 11 días sus cadáveres. Platón pedía que se esperaran tres días y los romanos requerían de una semana a nueve días. Cuando muere un papa, el cardenal camarlengo se cerciora de su muerte golpeándole tres veces la frente, mientras lo llama por su nombre de bautismo (por si olvidó que al ascender al papado había adoptado uno distinto). El temor de ser enterrado vivo llevó a ciertas personas aprensivas a estipular en sus testamentos que, antes de enterrarlos, se les clavara una daga en el corazón, o se les enterrara en una tumba con un cordel sujeto a una campana, que harían sonar en caso de despertar.
Los restos a veces son dislocados para distribuir las reliquias y multiplicar así los elementos del poder religioso o del poder político: durante el siglo XVII los cuerpos de los reyes franceses descansaban en Saint-Denis, sus vísceras en Notre-Dame y sus corazones en Valde Grâce (Thomas, 1989). Para que no se perdiera ni la más pequeña parte del muerto, en el antiguo Egipto, los trapos manchados, hisopos sucios, los tejidos que habían tenido contacto directo con el cadáver y aun lo que se barría del suelo, se depositaba en distintos jarros. Lo que se hace con el cadáver se adapta también a las condiciones sociales. Así, los pueblos nómadas no suelen enterrar a sus muertos, sino que los incineran.
Un resto humano que siempre trajo problemas religiosos teórico-prácticos ha sido la placenta. ¿Qué hacer con ella? Muchos animales, aun los no carnívoros, se la comen. El patólogo F. González-Crussi (1995) refiere que, de un conjunto de más de trescientas culturas humanas investigadas, sólo siete parecían indiferentes a lo que se hiciera con ella.
La razón por la que el autor incluye la información referida en el último párrafo es para...
concluir el texto con la representación de un mito cultural mortuorio
ejemplificar con un suceso el significado de la muerte para la religión
ampliar los datos de los dilemas en torno a los restos humanos
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